27 de mayo de 2014

Recordamos... El día que nació 'El Antílope de Ébano'

Finales de verano de la segunda década del siglo veinte. Condado de Lawrence, al norte del vasto estado norteamericano de Alabama. Un diminuto lugar, nombrado Oakville, albergaba en su seno la cándida esperanza de una numerosa familia que luchaba por salir adelante. Bisnieto de esclavos, nieto de esclavos, e hijo de un modestísimo matrimonio de granjeros, Henry y Emma, que empeñaba su vida en los campos de algodón, buscando un sustento complicado para la época, J.C. viene al mundo el 12 de septiembre de 1913 como séptimo de once hermanos. El destino querría que su talento emergiera de entre las sombras para convertirse en leyenda.

De nombre completo James Cleveland, el pequeño se crió inmerso en plena sociedad rural, pusilánime, apocada. Las diferencias raciales establecían muros inquebrantables que resultaban inabarcables para los estándares de la época, y más aún en una zona como Alabama, posiblemente uno de los lugares con más problemas de segregación que nunca haya conocido aquel turbio período del país de las barras y estrellas.
En vista de un futuro nada halagüeño, y sin apenas nada que perder, su familia decide trasladarse cuando él cuenta con apenas nueve años de edad, en búsqueda y captura de un vuelco a sus expectativas, rastreando certidumbre en una zona distinta. El niño, enjuto, débil, de constitución raquítica, había luchado a duras penas por salvar su vida, tras una complicada neumonía. La vida quiso darle una segunda oportunidad, que afortunadamente no iba a dejar escapar. Un viaje hacia el cambio, y hacia la esperanza. La mayor urbe del estado de Ohio, Cleveland, precisamente, como su segundo nombre, a la vera de los Grandes Lagos, localizada en pleno y pujante núcleo industrial, sería su destino. La búsqueda de una estabilidad, de un trabajo digno, y de una manera de subsistir de manera honrada y respetuosa, la gran ambición de la familia. 

Y a partir de aquí, comienza a tomar forma una historia que se escribirá sola, amparada en un guión de ensueño, que quiso convertir a la humildad, al trabajo y al talento puro en absoluto triunfo

Durante su adolescencia, J.C. dedicaba su esfuerzo, tras la escuela, a prestar toda la ayuda financiera posible a sus laboriosos progenitores, y colaboraba en casa con la escasa asignación que recibía reparando zapatos. De físico enclenque y enfermizo, su ilusión por integrarse entre sus compañeros practicando deportes colectivos se evaporaba, rechazo tras rechazo. Para matar el tedio generado por esa soledad, mientras todos sus compañeros pasaban las horas disfrutando de cualquier tipo de deporte colectivo, de los que J.C. era siempre descartado, se aficionó a correr dando vueltas al campo de béisbol local. Sería durante uno de estos inocuos trotes cuando su destino cambiaría para siempre. Charles Riley, profesor de educación física del Fairmount Junior High School, contemplaba al muchacho mientras galopaba incansablemente por aquel césped mal cortado. Y lo vio claro. Se acercó, y sin titubear le dijo: "chico, vas a ser el mejor atleta del mundo". Mezcla de sorpresa, candidez y fascinación, J.C. comenzaba a entrenar con aquel hombre meticuloso y observador, de ancha gorra, gafas circulares y pelo cano.

J.C. y Charles Riley
Los resultados no tardaban en reflejar con marcas el camino que su físico había emprendido pocos meses atrás, con la genética del joven ocupándose de todo: vigoroso y fibrado, tornándose en remota su constitución anterior, las pruebas más explosivas se constituirían como camino ideal para sus dotes. El 100m, el 200m y el salto de longitud veían cómo el imberbe J.C. triunfaba una y otra vez en las competiciones estatales. Durante sus años en el instituto, participó en 79 pruebas. Ganó 74
El paso siguiente, la universidad. Destacando sobremanera a nivel atlético, no fueron pocos los responsables deportivos que entraron en contacto con el joven. Pero él, familiar y sencillo como era, descartó toda opción que le alejara de sus padres. Se decantó por Ohio State, que no le ofrecía ni mucho menos la mejor alternativa. Sin embargo, podría, por un lado, seguir cerca de los suyos, y por otro, que Riley, en quien confiaba ciegamente, siguiera ocupándose de su formación deportiva y de su entrenamiento. No conseguía una beca de la universidad, pero a cambio, Ohio State ofrecía un trabajo a su padre. 
J.C. seguía, aún así, ayudando en casa todo lo que su escaso tiempo libre le permitía. Cualquier trabajo era válido si servía para aportar unos pocos dólares. Ascensorista, botones de hotel, empleado de gasolinera. Lo que fuera, con tal de prestarse útil a su familia. 

Ya en 1933, son varias las plusmarcas que J.C. consigue derribar. Con 20 años recién cumplidos, se postula ya como un extraordinario especialista, y logra un magnífico salto de 7.56m, récord nacional de su categoría, en los Campeonatos Nacionales para estudiantes de instituto. En las 100 yardas lisas (91 metros), lograría su primer resultado de talla mundial: 9.4 segundos con cronometraje manual, igualando el mejor registro planetario, en poder del relevista, también estadounidense, Frank Wykoff. En los círculos atléticos, empieza a conocerse al chico con el sobrenombre de "Buckeye Bullet" (el 'buckeye' es un tipo de castaño que impera en los bosques del estado de Ohio, representando un reconocible símbolo de esta tierra, y que es, además, el sobrenombre por el que se conoce al estado norteño).

Y llegaría el día en el que, en una mezcla de satisfacción y asombro, sus congéneres situarían al otrora escuálido J.C. en el pedestal en el que sus maravillas deportivas merecían situarse. Un 25 de mayo de 1935
Tras varios días aquejado de dolorosas molestias en la espalda, J.C. acude muy lastrado a la disputa de la Big Ten Conference, en Ann Arbor. La prestigiosa pista de Ferry Field otorgaba un estatus considerable al encuentro celebrado en el estado de Michigan. Con varias pruebas por disputarse, J.C. toma parte en cuatro de ellas. Su preocupante estado físico se reflejaba en una anécdota que acontecía antes de saltar a la pista. Hasta tal punto llegaban sus dolores de espalda, que sus compañeros tuvieron que vestirlo para que saltara a la pista. No era tan siquiera capaz de hacerlo solo. 
Pocos instantes después, y de manera increíble, los mismos que se compadecían de un chico lesionado minutos antes, asistían extasiados ante la que, aún hoy, es una de las mayores gestas de la historia del atletismo

En un lapso de tan sólo 45 minutos, J.C. se encargaría de demostrar al mundo entero su colosal potencial. En esos históricos 2.700 segundos, aquel atleta de 21 años iba a conseguir la friolera de cuatro récords mundiales. Batía tres registros planetarios e igualaba otro en un espacio de tiempo de aproximadamente 45 minutos (en cuatro eventos; los récords de 220 yardas lisas y 200 metros se consideraban por separado, aun disputándose en la misma prueba -oficialmente, el récord de 200m aún no se consideraba como tal). Sin apenas descanso entre competiciones. De locos. 
Tras igualar de nuevo la plusmarca de 100 yardas (9.4 segundos), saltaba 8 metros y 13 centímetros en longitud (récord mundial que se mantuvo vigente hasta que el 12 de agosto de 1960 - es decir, más de 25 años después - Ralph Boston saltara 8.21m en California), corría las 220 yardas (201.2m) en 20.3 segundos (en recta), y en la misma distancia con vallas lograba convertirse en el primer hombre en la historia en quebrantar la inexpugnable barrera de los 23 segundos (22.6 segundos).

Ese 25 de mayo es considerado, a tenor de los impresionantes registros (y su circunstancia) como una de las más inmensas proezas que jamás se hayan conseguido en la historia de nuestro deporte. Con insoportables dolores de espalda, aspecto que añade un indiscutible cariz épico a la hazaña, y en un lapso ridículo de tiempo, dada la complejidad y dificultad de los objetivos, el joven J.C. se convertía en el atleta a seguir. En el máximo exponente del nuevo atletismo. Como un reguero de pólvora, la noticia circulaba por los mentideros a la misma velocidad con la que J.C. deleitaba en la pista, y era difundida como lo que era, un logro mastodóntico, por las agencias de noticias. Una hazaña. La épica proeza de Ann Arbor. El mundo entero asistía incrédulo al nacimiento de un talento descomunal. A partir de entonces, el sobrenombre era revelador: aquel jovencito de presurosos movimientos y hercúlea presencia sería conocido como "El Antílope de Ébano".

Los Juegos Olímpicos de Berlín, celebrados un año más tarde bajo el terrorífico halo de un creciente nacionalsocialismo, certificarían el mito del que hablamos. 

Muchos años antes, cuando un profesor de Cleveland preguntaba al recién llegado su nombre, éste respondía tímidamente, y con un marcado acento del sur: "mi nombre es J.C.". James Cleveland. Con pronunciaciones similares, aquel maestro entendía "Jesse". Y como Jesse fue conocido para siempre. Así comenzó a construir paso a paso su futuro, y así empezaba a destacar en las pistas de tierra y ceniza ese pequeño adolescente, llamado a trascender la historia.

Y así nació, aquel 25 de mayo de 1935, la leyenda de uno de los mejores atletas que haya contemplado la humanidad. De la nada, de la mezcla entre la espesura cenagosa del sur, y los bosques impenetrables de los Grandes Lagos, surgía "El Antílope de Ébano". El mundo se congratulaba de que hubiera aparecido quien estaba llamado a ser uno de los más grandes. 

El gran Jesse Owens.



23 de mayo de 2014

Carreras Inolvidables: JJOO de Atenas '04, Final 3.000m Obstáculos


Juegos Olímpicos de Atenas. El 18 de agosto de aquel tórrido verano griego de 2004 daban comienzo las pruebas atléticas en el Spiros Louis. El sábado 21 de agosto ponía en liza a los obstaculistas. Única prueba, junto con los 50 kilómetros marcha, con exclusividad masculina.
Tres españoles en el plantel de atletas. El bravo aragonés Eliseo Martín inauguraba las hostilidades en una dura y competida primera serie. En la segunda, aún más rápida, el madrileño, plusmarquista nacional, Luis Miguel Martín Berlanas, clasificaba tercero, obteniendo automáticamente el pase directo a la final. En la tercera y última serie, la más lenta, a la postre, el sevillano Antonio David Jiménez Pentinel era segundo. Pleno, por tanto.

En líneas generales, dominio de Qatar y Kenia. Los grandes favoritos, sin excesivas dificultades. Ausencia notable la del plusmarquista mundial de la distancia, el keniano de nacionalidad qatarí, Saif Saaeed Shaheen. El COI, aplicando la norma de no permitir la participación de atletas en los Juegos (ni en ninguna otra competición internacional) durante los tres años posteriores a la defensa de distinta bandera, en caso de cambio de nacionalidad, excluía con ello al vigente campeón del mundo. Apenas dos semanas tras los Juegos, Shaheen (nacido Stephen Cherono) reventaba en Bruselas el récord de Brahim Boulami. Y al año siguiente, en Helsinki, se alzaba con su segundo cetro mundial consecutivo.

A las 21:40h de aquel martes, día veinticuatro, la línea de salida de la final hervía en llamas. El mundo contemplaba al subcampeón del mundo en París, por delante de Eliseo, Ezekiel Kemboi, al que delataba ya su sempiterno gesto de canalla. Al joven Paul Kipsiele Koech, que había sorprendido a todos en los durísimos 'trials' nacionales, y que llegaba con la mejor marca mundial de la temporada (7:59.65). Al espigado Brimin Kipruto, con diecinueve años recién cumplidos, subcampeón mundial junior de obstáculos en 2001, y bronce en 1.500m en aquel mismo julio. Dos qatarís de procedencia africana: Musa Amer Obaid, keniano, reciente subcampeón mundial junior (y posteriormente sancionado por dopaje), y Khamis Abdullah Saifeldin, sudanés, vigente campeón asiático. También lucía imponente el neerlandés Simon Vroenen, subcampeón de Europa en Múnich, escoltado por 'Penti' y Berlanas. O el francés de ascendencia argelina, Bob Tahri, cuarto en París un año antes. Muy atento a las circunstancias estaría además el marroquí Ali Ezzine, doble medallista mundial (bronce en Sevilla y plata en Edmonton) y bronce olímpico cuatro años antes. Completaban la final el estadounidense Daniel Lincoln, el polaco Radosław Popławski, el sueco Mustafa Mohamed y el francés Vincent Le Dauphin.

En los momentos previos al disparo, llamaba la atención la extrema concentración de Martín Berlanas, en el extremo izquierdo de la hilera horizontal. Posiblemente, en uno de los mejores momentos de su ilustre trayectoria atlética. Ya había sido quinto clasificado en Sídney y cuarto en Edmonton. La gloria no deambulaba tan lejos, pese a ya serlo un soberbio quinto lugar en una final olímpica, en una disciplina que comenzaba a ser tiranizada por África, especialmente con origen en el inagotable talento del Valle del Rift, que comenzaba a abrir su talento al mundo en manada. Igualmente, la diferencia de caracteres entre los más calmados y apacibles Koech y Kipruto, y el constante nervio de Kemboi. Su mirada siempre desafiante, y su ademán ciertamente altanero iban (y siguen yendo hoy) de la mano de su soberbia calidad. Posiblemente, los grandes favoritos. Existía, por qué no, una latente posibilidad de repetir el triplete que ya habían conseguido por vez primera en Barcelona, doce años antes, Matthew Birir, Patrick Sang y William Mutwol

Comenzaba la final, bajo la amenaza de tormenta en un ambiente cargado y eléctrico, y tras unos primeros pasos dubitativos, el pelotón se alineaba tras Mohamed, somalí de nacionalidad sueca. No duraba mucho éste en cabeza, y de manera fulgurante, Kipruto y Koech aprovechaban la coyuntura para tomar el mando de la prueba, dando a entender que una final rápida les interesaba soberanamente.
Al paso por la primera ría, los tres kenianos amenazantes de convertir la carrera en un polvorín. Kipruto desvelaba su tremendo salto, de anodina técnica, al no tocar el obstáculo en la ría. Potencia descomunal. La final sugería una batalla rauda, cercana quizá al récord olímpico que consiguiera Julius Kariuki en Seúl (8:05.51). Sólo Obaid, Vroenen y Berlanas parecían relativamente despreocupados ante el ritmo impuesto por el tridente del Rift. Un paso de 2:42.55 por el primer kilómetro (a menos de tres segundos del primer parcial del récord mundial) dejaba claras las intenciones del combinado favorito.
Camino del segundo parcial, Koech endurecía el ritmo de forma salvaje. 5:24.27 al paso por los dos mil metros, calcando prácticamente el tiempo del primer paso kilométrico. Ya sin opciones para récord del mundo, pero en aras de conseguir un tiempo espectacular. Cuarteto cabecero a estas alturas: los tres kenianos, imperiales en su línea de trabajo grupal, y el qatarí Obaid. A cinco metros, Berlanas y Ezzine. Tan bestial era el ritmo, que el propio Kipruto parecía pasarlo mal, perdiendo ligeramente el contacto en alguna ocasión. Koech, trabajando durísimo en cabeza, en una actuación digna de ser recordada, y Kemboi, apareciendo ya imperial, con su tan característico acortamiento de zancada al aproximarse al obstáculo, pero saliendo siempre rapidísimo de él, evidenciando una levedad pasmosa. Obaid seguía tercero, incrustado en el grupo y atento a cualquier movimiento, y el español Berlanas dejaba a Ezzine en su particular persecución africana, pareciendo volar por momentos en la final ateniense. Maravillosa la actuación de Berlanas, consiguiendo (por si fuera poco) dar caza a los cuatro de cabeza a falta de cuatrocientos metros.
Última vuelta, toque de campana, y la opción del podio íntegro para Kenia continuaba intacta. Cinco hombres para tres medallas. Al aproximarse a la última valla, antes de la ría, el movimiento tan característico de Kemboi comenzaba a perpetuarse en Atenas. Su típico y súbito ataque al final de la contrarrecta se pasaba a convertirse en una de las imágenes más reconocibles de la disciplina. Kemboi mostraba la peculiaridad de su inusitada rapidez en la salida del obstáculo, y al momento, su mano izquierda hacía un gesto inequívoco: obcecado, confiado y vehemente, entendía que el triplete era posible, y azuzaba a sus compañeros para que no lo dejaran escapar. Tal parecía su extralimitación, que se permitió incluso el lujo de otear repetidamente hacia atrás en plena curva. Antes de encarar la ría, Kipruto conseguía dar caza a Obaid, y el "1-2-3" keniano se palpaba en las gradas del estadio olímpico. 
Tras dejar atrás la ría con una solvencia casi insultante, Kemboi volvía a espolear a los suyos, mirando a derecha e izquierda. Kipruto, en un último esfuerzo descomunal, sobrepasaba por el exterior a Koech, que a duras penas podía mantener el ritmo. El oro tenía dueño, y es que el ínfimo Kemboi demostraba, ya entonces, ser el mejor (a falta, eso sí, de Shaheen). Último obstáculo, ya en plena recta, nuevas miradas de complicidad, hostigando con ambas manos, y últimos sesenta metros casi de relax para el subcampeón mundial. A apenas treinta metros de los cuadros, un exultante Kipruto, con la plata en el bolsillo, y sabedor del triplete, tras el gigantesco esfuerzo de Koech, alzaba los brazos al cielo. 8:05.81 para Kemboi, a escasas treinta centésimas de un récord olímpico que, inexplicablemente, dejó escapar. Ni qué decir que Kemboi lo tuvo en su mano aquel día, pero posiblemente el fulgor de la batalla y la emoción del momento no le permitieran clarificar la ocasión.
Alegría desbordada para tres chicos que aquel día demostraron un talento fuera de lo común. Kemboi, alma de la fiesta, seguido por un Kipruto no tan jubiloso, pero aún así, expresivo, intentaba que un Koech desintegrado por el esfuerzo se uniera a la vuelta de honor. A duras penas lo conseguía.
Por detrás, Obaid conseguía su gran éxito internacional, así como la mejor marca de su vida, hasta que la testosterona lo relegara a las cloacas atléticas. Y un descomunal Luismi Martín Berlanas repetía un extraordinario quinto puesto en una prueba olímpica, con la que era su mejor marca de la temporada (8:11.64) y que fuera su sexto mejor registro de siempre. No quedaba lejos de su plusmarca nacional, aún vigente (8:07.44), en aquel increíble meeting de Bruselas, dos años antes.

Una bellísima imagen de la historia olímpica. Y un triunfo colectivo que siempre permanecerá perpetuado en la memoria del atletismo keniano. No es para menos.




20 de mayo de 2014

La primera batalla


Se disputó la primera batalla. Y si buena parte del mundo atlético se mostraba ilusionado y esperanzado ante lo que podía ser un primer 'round' en toda regla, la situación se encargó, por si sola, de evidenciar una realidad que es bastante más remota de lo que parece ante esa hipotética e idílica circunstancia.


Tras haber ilusionado ambos en su estreno maratoniano en esta primavera de 2014, Kenenisa Bekele y Wilson Kipsang se enfrentaban este pasado domingo, 18 de mayo, en el que era su primer cara a cara. Las calles de Manchester presagiaban una contienda ignota, pero no por ello inescrutable.
La previa arrojaba varios puntos candentes para intentar entender un duelo que se proyecta mucho más allá en el tiempo de lo unos simples diez kilómetros en ruta pueden desvelar. Tras el debut en los 42.195 metros de un crossista y pistero empedernido como el etíope, el hecho de que nunca se hubiera prodigado en la ruta más allá de algún tímido escarceo no ha supuesto ni de lejos un lastre en su más ambiciosa pretensión. De hecho, su 27:47 de Dublín '12 ni se acerca a los más laureados registros históricos de la distancia en asfalto. Así como su 26:17.53 de Bruselas, allá por 2005, continúa reinando como descomunal barrera para cualquier fondista que ose siquiera atacar esos tiempos sobre el tartán, la ruta nunca nos ha mostrado el imperialismo de un atleta que nos ha acostumbrado tanto a dominar a base de éxitos y ostentaciones de talento, que cualquier descenso, por raquítico que sea, en su peregrinar, ya nos llena de perplejidad.
El definitivo pase al asfalto de Bekele (pese a que él siga insistiendo en que su mayor ambición y objetivo sea derribar sus récords de 5.000m y 10.000m en pista, empresa que se antoja más cercana al orgullo del campeón que a una posibilidad factible) acredita el cambio de mentalidad de un atleta que ha comprendido que la exigencia física del trabajo sobre el tartán se ha convertido en un escollo demasiado excelso para su ya de por sí torturado tren inferior (aunque su último año nos demuestre lo contrario).
Sus últimos tres años de trayectoria han sido un errático periplo por la silenciosa tortura de los sempiternos conflictos físicos que un atleta que coquetea con la treintena suele tener que abordar. Tal hecho, unido a su especialísima mecánica, su tremendo desgaste y su generosa zancada ("la zancada"), influyó, indudablemente, en la decisión de buscar un giro copernicano a esa espiral de malas vibraciones. La ruta era el paso obvio. Sin embargo, las dudas existían, precisamente por las peculiaridades del genio de Bekoji. Sin tener la capacidad para entrar a valorar lo que supone para cada cuerpo un mayor o menor desgaste, el concepto fondístico conocido como 'economía de carrera' no presenta precisamente en Bekele su mayor o mejor exponente. Una prueba de idiosincrasia singular como el maratón no siempre acepta entre sus filas a talentos descomunales. No sólo es cuestión de abogar por un cambio de terreno, sin replantear la propuesta desde la propia raíz. He aquí que la necesidad de enfocar el nuevo trayecto desde una perspectiva distinta lleve, muchas veces, a causar en el atleta un trasfondo de duda y de relativa pérdida de identidad. No son pocos los casos de grandes fondistas cuyas trayectorias se han diluido como azucarillos en el café al abordar el cambio hacia la distancia de Filípides sin el tan necesario "cambio de concepto".
Pero, incluso para esto, Kenenisa ha representado un ejemplo especial. La Ciudad de la Luz era el 6 de abril declarante de la afrenta etíope hacia la complejidad antes expuesta. Así como un gigante de la envergadura de Gebrselassie, por seguir con la perenne comparación, sucumbió levemente ante sus primeras tentativas maratonianas, viéndose obligado a reconsiderar desde la base su alegre mecánica, tornando hacia un correr más efectivo que efectista, Bekele no ha experimentado una mutación especialmente significativa en estas lides. No distinguimos una transformación de su correr en las calles de París. Ni un cambio elocuente en su fisonomía, que sigue presentando la misma robustez inferior de antaño (contrariamente al prototipo de maratoniano imperante en la actualidad). Tal es la amplitud de su talento, que ni siquiera el muro más alto, atléticamente hablando, ha sido capaz de doblegar sus peculiaridades.


Y al hilo de lo comentado al principio, la BUPA Great Manchester Run, que enfrentaba al propio Bekele con todo un recórdman mundial de maratón, gigantesco adalid de la distancia en los últimos tres años, se saldaba con un combate que, como esperábamos, no reveló absolutamente ninguna señal de lo que un hipotético enfrentamiento maratoniano pudiera ofrecernos en un futuro más o menos cercano.
Wilson Kipsang ofrece esa característica sensación de tranquilidad en la presentación, a escasos segundos del disparo. Esa mezcla de indiferencia, despreocupación, serenidad.
Su hipnótica sonrisa se encarga de mitigar la más afanosa de las coyunturas. Pero, al mismo tiempo, parece delatar que todo está bajo control. Que vamos a asistir a un auténtico espectáculo.

Bekele es otra cosa. Es otro tipo de sonrisa. "La sonrisa del jugón", que diría el recordado Andrés Montes. Mirando con altivez, casi con soberbia en ocasiones, pero con esa armonía de bendición y admiración despertada. Sin aspectos negativos. Pulgares arriba, índices hacia el cielo, vistazo cómplice a la cámara, guiño incluido, gesto de confirmación.

Ambos están en otra dimensión. Han trascendido. No sólo a nivel de medios de comunicación, espectadores o sponsors. Parecen estar en otro plano de la realidad. Lejos de lo terrenal. En un limbo de intérpretes legendarios.


De la carrera propiamente dicha, disimulado leitmotiv del debate, poco que contar. Ritmo de machaque, ciertamente irregular, pero rápido, con el sudafricano Stephen Mokoka en labores de 'liebre'. Tras ir el grupo perdiendo unidades paulatinamente, (Lamdassem, McCormick, Javi Guerra...) los dos monstruos llegaban ya sólos al kilómetro final, tras haber cedido Mokoka en torno al séptimo punto kilométrico. Bekele buscando con la mirada repetidamente a Kipsang, el keniano a la expectativa. Hasta que aparecía ese cambio de ritmo bestial, súbito, tan característico, a falta de poco menos de 500 metros, para llegar con cómoda ventaja a la cinta.

Tras observar el tan admirado aumento de frecuencia de zancada de Bekele, nos preguntamos, con nostalgia e incredulidad, si será capaz de afrontar una penúltima tentativa hacia sus plusmarcas en pista. La realidad de estos últimos años no es halagüena con dicha posibilidad, pero el propio Bekele clarificaba en meta, tras el 28:23 que le otorgaba la incontestable victoria, que su objetivo canicular es el retorno al tartán: "La marca es discreta, hacía mucho viento. Pero estoy muy contento, porque he recuperado muy bien tras el maratón, y disfruté mucho la carrera. Ahora, el objetivo es la pista. Quiero intentarlo de nuevo en el 10.000m, y necesito estar rápido para ello". Sea como sea, una afirmación de tal calibre, viniendo de quien viene, merece ser más que tenida en cuenta. Respetada, como mínimo. "En cuanto al maratón... contra Wilson, tal vez el año que viene".
¿Descarta la posibilidad, por tanto, de disputar un maratón en otoño? ¿O se refiere exclusivamente a que un 'tú a tú' con Kipsang en la larga distancia no se producirá ya en este 2014?



Por su parte, Wilson se mostraba manso y flemático, tras no haber podido hacer más por la causa. 28:28, a cinco segundos de Bekele. Como si no fuera con él. "Mi distancia es el maratón, lo prefiero. Pero aún así, estoy muy contento. Fue una buena carrera para mi, Kenenisa es mucho más fuerte en 10k. Al decidirse al sprint, no fui capaz de seguir su ritmo". Igualmente, se mostró muy receptivo a la posibilidad del duelo en maratón. Su rostro y su expresión corporal reflejaban tranquilidad (como suele ser habitual). Hasta cierto punto, como si no hubiera deseado someterse al estrés de conflictos de intereses innecesarios, y supiera que estos pasos sólo son los lógicos para continuar hacia su verdadera meta, que debe ser atacar su propio récord mundial de maratón. Tiene capacidad sobrada para conseguirlo. Para él, un 10k no puede ser sino motivo de alegría económica y publicitaria, pero nunca reválida deportiva. Se sabía preso en un territorio hostil, en el que no tenía gran cosa que ganar, pero tampoco que perder, especialmente en lo que a la distancia se refiere. Era consciente de que podía ser nocivo enredarse en una disputa de la que podía salir obviamente perjudicado. Para reafirmar la situación, dejó claro que tampoco es que pudiera con el último cambio de su rival.



Ya lo habíamos avisado en la previa, buscando la discreción de quien no quiere inmiscuirse en terrenos pantanosos. Enfrentamiento de descomunal calibre, pero en un claro momento de impasse en la temporada, con objetivos y formas de actuar muy alejadas, tiempos de recuperación distintos, y panoramas, al menos de momento, bastante divergentes.
Pese al objetivo más inmediato de Bekele, sus destinos van, inevitablemente, unidos. El maratón dictará sentencia, y la carrera por su dominio ya ha comenzado.
Quizá en otoño. Quizá, ya, en 2015. Queremos pensar que en los Juegos Olímpicos de 2016 como acto final glorioso de una épica cruzada. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos. Pero una cosa tenemos muy clara: observar las grandiosas figuras de semejantes bestias, cabalgando juntas a través de una interminable recta de asfalto, eriza el el sentimiento atlético a cualquiera. Y la más bella de las historias alrededor de estas dos figuras, cuyo futuro debe encontrarse de forma inevitable, está aún por contarse. Habrá que trabajar la paciencia. Pero será complicado soportarlo.

La carrera completa, 
aquí.




16 de mayo de 2014

Un año... GRACIAS


Hola a todos.
El de hoy no es un artículo común. No voy a recordar a ningún atleta en cuestión, ni rememoraremos ningún campeonato, ni ningún récord estratosférico, ni ninguna carrera brillante. De hecho, es un artículo en el que hablo en primera persona, y no en cuarta ("nosotros"), como tengo acostumbrado.
El de hoy es un artículo con el que quiero, simplemente, deciros GRACIAS.

¿Por qué? Pues porque precisamente hoy, hace un año exacto, este pequeño proyecto, esta humilde bitácora, se echaba la mochila a la espalda, y emprendía su camino. Y lo hacía con un primer artículo que servía como exposición de motivos, o más bien, como declaración de intenciones. Todos nos convertíamos en 'Cobardes', haciendo nuestro el famoso dicho. Si correr es de cobardes, nosotros, desde luego, lo somos. Y sin ceñirlo solamente a correr, puesto que se trata de sólo una de las piezas de ese maravilloso puzzle llamado atletismo.

Muchas, muchísimas cosas han ocurrido desde entonces. Se han disputado muchas competiciones, hemos visto caer récords mundiales, o nacionales. Hemos asistido a carreras magníficas, y también, por qué no decirlo, hemos visto ciertas decepciones. Desgraciadamente, también hemos vivido historias que nunca hubiésemos deseado vivir, contar o leer.
Pero sobre todo, ante todo, hemos disfrutado. Lo hemos hecho escribiendo. Dando nuestra opinión. Escrutando la actualidad y la realidad del día a día. Recordando. Recuperando pequeñas joyas en forma de historia.

Nunca he pretendido, desde este sencillo rincón, ser paradigma de información. Para eso, ya tenemos multitud de espacios a través de este fenómeno llamado Internet, en el que muchos compañeros nos deleitan con su experiencia, su sabiduría y su profesionalidad. De no ser por ellos, nos encontraríamos muchas veces perdidos ante la continua vorágine de los acontecimientos. Por supuesto, y por descontado, mil gracias por haber acogido a 'Soy Cobarde' tan bien en las redes sociales. Mucha culpa de que este blog sea como es ahora es de todos los que habéis abierto vuestros brazos para recibirnos.

Lo que siempre busqué e imaginé para este pequeño lugar fue que pudiera convertirse en un enclave, quizá, distinto. En un emplazamiento que tuviera por particularidad la manera de contar aquellas cosas que me insinuaran, me susurraran y me empujaran a compartir todos esos inolvidables momentos de este infinito mundo que es el atletismo con todos vosotros.
Y especialmente, teniendo una figura que se alzara en piedra angular y principio estructural de todas y cada una de las palabras que fluyeran en cada post que fuese publicado. Porque este deporte está hecho de rostros, de sudor, de caracteres, de éxitos, de caídas, de hazañas, de intentos, de fracasos, de anhelos, de sueños. Y todos ellos pertenecen a los verdaderos protagonistas. Como todas las historias que hay por contar. Detrás, hay personas. Atletas, que son personas. Gracias a todos ellos.


No puedo sentirme más feliz por haber llegado hasta aquí, al filo de las 150.000 visitas en este primer año de existencia. No sé si son muchas o si son pocas. A mi me parecen una barbaridad.

Por ello, simplemente quiero daros las gracias. Millones de gracias.

Gracias a todos aquellos que, desde el principio, siguieron el blog. A todos aquellos que se han ido poco a poco incorporando. Tanto a los que lo visitaron, no les gustó lo que vieron, y no han vuelto a dejarse caer por sus páginas, como a aquellos que esperan que cada martes y cada viernes haya un artículo que quizá les guste leer. A los que aportan sus puntos de vista, comentan e interaccionan. A todos los que esbozan una pequeña sonrisa cada vez que ojean las primeras palabras de un artículo que saben que puede traerles grandes recuerdos. O a aquellos que buscan lo más actual para comparar nuestras opiniones con las suyas.

Aprovecho la ocasión para agradecer su cariño a tres medios fabulosos que me han dado la oportunidad de escribir para ellos durante este año. RunOnline, Foroatletismo y La Bolsa del Corredor me han tratado tan bien que me quedaría corto con unas pocas palabras. Sólo espero y deseo que me sigan brindando la oportunidad de seguir aportando mi pequeño granito de arena con el objetivo de que sigan creciendo aún más, de que aumenten esa grandeza que demuestran ante el mundo cada día, entregados a nuestro deporte.


Sin todos vosotros, este blog nunca hubiera subsistido.
Por supuesto, persevero en la idea de que cualquier comentario, sugerencia, proposición o crítica serán bien recibidos. Es una manera, a mi juicio, bien correcta de seguir creciendo poco a poco.

Si alguna vez te has sentido a gusto ante lo que leían tus ojos... te doy las gracias.
Y si en alguna ocasión te ha gustado recordar una historia que en su día viviste, y que te emocionó, has venido al lugar indicado. Porque ese es, precisamente, el más firme propósito que albergan estas páginas.

365 días, y 131 artículos después... Gracias. Gracias. Gracias. Mil gracias por este primer año de vida.

Gracias de corazón.




Chema Barberarena




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Por ser un post distinto, vamos a aprovechar para hacer una recopilación de lo que han sido las más representativas secciones del blog hasta el día de hoy, para que podáis tener los artículos, ordenados cronológicamente reunidos en un sólo sitio. Mencionamos aquellos artículos que tratan sobre historias pretéritas, y os remitimos directamente a que indaguéis por nuestras páginas para encontrar lo que fue la actualidad de un momento concreto.
Sea como sea lo que os apetezca visitar, espero y deseo que lo disfrutéis.

* Iremos añadiendo, paulatinamente, los nuevos artículos publicados.


RECORDAMOS...

Historias llenas de emoción. Anecdóticas. Curiosas. Valientes. Biografías impactantes. Pura leyenda del atletismo.

CARRERAS INOLVIDABLES


Aquellos récords eternos, que parece que nunca volverán a ser batidos. Perpetuos, legendarios, increíbles.
FIRMA INVITADA




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13 de mayo de 2014

Recordamos... Javier García Chico: un sueño de verano

Esta historia comienza a tomar forma a partir de las cinco de la tarde del 7 de agosto de 1992. Las pértigas descansan bajo la luz adormilada y cautivadora del sol barcelonés, al abrazo de la montaña mágica de Montjuïch, en una tarde ventosa del antepenúltimo día de los Juegos Olímpicos de verano. Un nombre, un hombre, bajo cuyas responsabilidades están fijados todos los focos, sobre el que se posan todas las miradas. El ucraniano Sergey Bubka, poseedor incontestable de ambos récords mundiales, y dueño absoluto de la disciplina desde casi dos lustros atrás, se dispone a atacar su segunda tentativa sobre 5.70m. El primer intento, nulo. Mientras los demás saltadores buscaban el paso firme y la solidez de abarcar alturas factibles para tomarle el pulso a la tarde y al concurso, Bubka, seguro y confiado, inauguraba su participación en aquella final olímpica de forma dubitativa, incómodo ante los, para él, escasos dos minutos de tiempo que se establecían para que cada saltador afrontase la altura correspondiente. El ucraniano, por entonces vigente campeón olímpico, seis veces campeón mundial (tres al aire libre y tres indoor) y campeón continental, depositaba su fe en una decisión que, a la postre, sería definitoria y calamitosa para su devenir en aquella final. Con la determinación de quien se sabe el mejor, aparcaba sus dos intentos sobre 5.70m, y buscaba la comodidad del listón establecido en un 5.75m que le permitiera olvidar los previos instantes de incertidumbre. Eso sí, con la única bala de su recámara, con un único intento posible. Treinta y seis centímetros por debajo de lo que era su récord mundial vigente al aire libre (6.11m). La tensión, reflejada en su rostro como si su vida pendiese de un hilo, dictaba sentencia. Bajo el verde uniforme del Equipo Unificado, Bubka elevaba la pértiga, resoplando, y se lanzaba al pasillo. Duda en la carrera. Duda en la batida. Duda en la elevación. Muy lejos de lo pretendido. El público de Montjuïch, tras sonorizar al unísono su estupor, enmudecía de consternación. Tercer nulo. La estrella abandonaba la fiesta.

A escasos metros, Javier García Chico se congratulaba en un acto de reafirmación personal. Barcelonés, 26 años recién cumplidos, bajo las órdenes del sabio Hans Ruf. Su trayectoria, casi inmaculada, en la pértiga patria pasaba casi inadvertida, casi de puntillas, por aquella final. Llegaba con la decimoséptima mejor marca de los participantes durante aquel año (5.70m) en un concurso que contaba con treinta y cinco pertiguistas. Con una preparación estival brillante, concienzuda y escrupulosa, García Chico se encontraba, casi con toda seguridad, en el mejor momento de su carrera deportiva. Quizá, ante su gran oportunidad de obtener un gran resultado. Aquellos Juegos Olímpicos lo refrendaron.
Con todas las miradas centradas en uno de los oros más claros de antemano en aquellos Juegos, el catalán se encontró en el lugar preciso, en el momento más indicado. Él lo sabía. Lo presentía. Se lo había contado a sus amigos la noche anterior, mientras se tomaba unas cañas, relajado y distendido, ajeno a que el día siguiente un estadio entregado corearía su nombre. Aún con esas, algo palpitaba en su interior.
Examinando a sus rivales, García Chico vio que Bubka no iba a poder con la presión. "Es que me dio la sensación de que lo iba a hacer mal… desde el principio. No estaba a gusto con nada, cambiaba de pértiga continuamente… yo creo que no llevó bien el estrés".

Ahí llegaba el momento del español. Había cualificado saltando 5.55m a la segunda, y entraba en la mejora de aquella segunda semifinal. Y ya en la final, 5.40m, 5.60m, y 5.70m, los tres envites superados al primer intento. Los soviéticos Tarasov y Trandenkov, con un concurso aparentemente manejable para ellos (y ya con Bubka apeado), parecían estar a otro nivel.
Sobre 5.75m, García Chico se alzaba sobre el listón en la segunda tentativa, habiéndolo derribado en la primera. Esta vez, franqueaba la barrera, igualaba su mejor marca personal de siempre, y se situaba como candidato absoluto para posición de medalla. El que se postulaba como su gran rival aquella tarde, el saltador de Portland, Kory Tarpenning, buscaba igualar esos 5.75m. Javier García Chico, sentado en un rincón, contenido, casi ansioso, y cubierto por una toalla, desechaba la posibilidad de observar lo que acontecía en el pasillo de pértiga. El clamor de aquel estadio se encargaría de contárselo al oído unos pocos segundos después. El barcelonés se aseguraba, con el fallo de Tarpenning, una medalla. Montjuïch explotaba. Si es que no había explotado ya cuando superó el listón sobre 5.75m.

La final se iba a decidir entre los tres contendientes que aún quedaban vivos en el concurso. El joven Maksim Tarasov, de 21 años, alumno aventajado del 'Zar' Bubka, había sobrepasado los 5.60m demostrando una solvencia casi exorbitante. No había vuelto a saltar. Su formidable vuelo sobre 5.80m al primer intento lo colocaba como gran candidato al oro. Su compatriota Igor Trandenkov, con un concurso igualmente inmaculado, no podía con la altura. Dos tentativas que era incapaz de culminar. García Chico observaba. Ajeno a toda presión, no había conseguido tampoco acometer una altura que le venía ligeramente remota, valorando su historial pretérito. En el tercer y último intento, rebosante de confianza, pletórico de voluntad, exuberante y demostrando una valentía, un desparpajo y un arrojo descomunales, García Chico encaraba por última vez aquel pasillo, sin conseguirlo. Pero una medalla ya era segura. Hacía falta saber cuál sería el metal.

El destino quiso que, en aquella tarde de verano, Trandenkov consiguiese salvar el escollo, sobrepasando el listón sobre 5.80m al tercer y último intento. Ya sobre 5.90m, jugándose el oro, ninguno de los dos compañeros de aquel Equipo Unificado conseguía sobrepasar el obstáculo, y por menor número de nulos, el triunfo era para Tarasov.
La presea de bronce esperaba, pues, a un atleta que se encontró ante el mejor momento de su vida, ante su mayor reto y su más lúcida oportunidad y al que nunca se le otorgó la importancia que realmente tuvo. Finalizando el concurso con 5.75m, que igualaba su mejor marca de siempre al aire libre (también pudo con ella en San Cugat, el 3 de agosto de 1990, dos años antes), García Chico fue testigo de excepción de la debacle aquel día de una rutilante estrella como Bubka, y espectador privilegiado del primer gran éxito internacional, tras su bronce mundial en Tokio un año antes, de quien se convertiría en un peso pesado histórico, como Maksim Tarasov.
Como él siempre dijo, lo que ocurrió con Bubka siempre fue para él un inconveniente, más que un motivo de regocijo. Era poco menos que un lastre con el que cargar. Pero inevitablemente, su nombre siempre irá de la mano del recuerdo de aquel fracaso del que es, sin ninguna duda, el mejor pertiguista de todos los tiempos.

"Lo que me hubiera gustado es que Bubka no hubiera fallado, y hubiera fallado otro. De esa forma, se habría valorado mucho más mi medalla".

Para un atleta que fue 14 veces campeón de España (4 veces al aire libre y 10 en pista cubierta, 7 de ellas de manera consecutiva), que acudió a cuatro Juegos Olímpicos contiguos (Seúl, Barcelona, Atlanta y Sídney) y a 10 Campeonatos de Europa, y que batió 9 veces la plusmarca nacional, nada puede ser un lastre.

Javier García Chico vivió aquella tarde de agosto de 1992 su particular sueño de verano. El premio, además de una medalla que reposa, orgullosa y brillante, en disfrute de su legítimo propietario, convertía a éste en el mejor pertiguista español de la historia, con el respeto más absoluto a los primeros espadas de la disciplina patria. Y sobre todo, perpetuaba aquella tarde de verano, bajo el calor de Montjuïch, a la vera del Mediterráneo, en aquellos Juegos por siempre inolvidables. 


9 de mayo de 2014

Kipsang vs Bekele


Es posible que no sea el evento más publicitado del año. Más que seguramente, mastodónticos acontecimientos como los maratones de Londres, Berlín, Boston o Nueva York multiplicarán las páginas que la circunstancia en la que nos detenemos consiga aglutinar. Yendo más allá, podría caber que incluso pasara de puntillas ante lo que han sido campañas de marketing perfectamente orquestadas durante meses. Pero nadie duda de que el duelo que veremos en Manchester el 18 de mayo, sobre 10 kilómetros, resulta increíblemente atractivo a ojos, tanto del espectador medio, como del aficionado implacable. 10 kilómetros en ruta, bajo el apelativo de BUPA Great Manchester Run.




En dicha fecha, un enfrentamiento de proporciones gigantescas tendrá lugar a lo largo y ancho de las calles de la industrial urbe británica. Dos de los mejores fondistas que hayamos conocido nunca se verán las caras en lo que puede ser un espectáculo formidable. O no, quién sabe.



Escasa presentación necesitan ambos. Pero dadas las circunstancias, y lo bello del envite, no dudamos en hablar sobre ello, y en situar a los contendientes.




Por un lado, el etíope Kenenisa Bekele. Por otro, el keniano Wilson Kipsang Kiprotich.