28 de febrero de 2014

Carreras Inolvidables: Europeo de Göteborg '06, 2ª Semifinal 5.000m


2006, año de Campeonato de Europa. El Nya Ullevi Stadion de Gotemburgo albergaba, del siete al trece de agosto, una competición que acabaría por deparar al equipo español la nada despreciable recompensa de once medallas. Especialmente el mediofondo y fondo masculinos (amén del éxito habitual y ya casi sempiterno de la marcha) iban a ser beneficiarios de la gran mayoría de los metales.

El jueves día diez se disputaban las dos semifinales de los 5.000m, para conformar la lista definitiva que tomaría la salida el domingo trece en la final. A las 17:40h daba comienzo la primera semifinal, con doble presencia española: el arandino Juan Carlos Higuero y el valdemoreño Jesús España. Aparición de favoritos como el turco Halil Akkaş o el irlandés Alistair Cragg. Cinco plazas directas, de las que España e Higuero se abonarían a la cuarta y quinta, respectivamente.
Seis de la tarde, nueve atletas alineados para que dé comienzo la segunda semifinal. A última hora, se cae del cartel uno de los favoritos, el ucraniano Sergey Lebid. Mala noticia para el espectáculo, buena noticia para las aspiraciones de los otros, siempre con buenos ojos ante la posibilidad de eliminarse de encima a un rival de tal corte. Son de la partida los británicos Nick McCormick y Mohamed Farah, los belgas Monder Rizki y Tom Compernolle, el ruso Eduard Bordukov, el francés Khalid Zoubaa, el alemán Arne Gabius, el local Henrik Skoog, y el español Pablo Villalobos.
El de Almendralejo se presentaba en la urbe sueca tras un 2005 en el que había decidido buscar una evolución en una trayectoria que él mismo consideró ligeramente estancada, poniéndose a las órdenes del guía Antonio Serrano. El ex-maratoniano había logrado conformar un robusto grupo de entrenamiento en Madrid, alrededor de figuras como el comentado Higuero o Juan Carlos 'Tete' de la Ossa. La decisión se convertiría, posiblemente, en uno de los mayores aciertos de Villalobos como atleta de primer nivel.
El fondista pacense necesitaba, por comodidad, una carrera más rápida que la primera serie, algo que se antojaba, en principio, asequible para poder entrar en la final, sino por puestos, por tiempos. El belga Tom Van Hooste, 6º en la primera semifinal, con 13:53.50, y el noruego Marius Bakken, 7º con 13:56.84, marcaban el límite de la clasificación.

Los primeros compases mostraban a un Villalobos atento, vigilante en cabeza. De correr firme y siempre elegante, el extremeño ejercía de vigía a rebufo de la pareja británica, que parecía dejar entrever su intención por controlar la prueba desde el inicio. Y de imprevisto, tras el segundo paso por meta, enfilando la contrarrecta, y tras haber recorrido unos setecientos metros de prueba, la toma cenital de televisión muestra a un atleta que, dando un paso a un lado, se encorva raudo sobre sus pies a la altura de la calle dos. Apenas dos minutos transcurrieron desde el disparo. Con carices de auténtico drama shakesperiano, el destino quiso el derribo de los planes iniciales mucho antes incluso de llegar al primer kilómetro. ¿De quién se trataba? Del mencionado protagonista: Pablo Villalobos.
En la zona de las gradas más cercana a la pista, su pareja, la también atleta Amaya Sanfabio, apenas conseguía contener las lágrimas, en una mezcla de incredulidad y angustia ante lo que contemplaban sus ojos. Desgañitándose, animando hasta rozar el síncope, al borde de la desesperación, no podía creer cómo las ilusiones de estar en la final de un Europeo tomaban tintes de verosímil fatalidad.
Siendo reposado el ritmo de los primeros compases, un incidente de este calibre lastra, y de qué manera, una carrera en este tipo de campeonatos (pese a que sólo estuvo parado apenas cinco segundos). Y es que el nerviosismo, el desasosiego y la inseguridad ante la situación, multiplicándose exponencialmente, pueden voltear de manera súbita las sensaciones de un atleta. Poco a poco, el grupo se estira. Pablo, a pesar de continuar desenvolviendo con solidez su zancada estilosa, da la sensación de cierto malestar, sin terminar en ningún momento de conectar definitivamente con el grupo, tenso y en fila de a uno. Primer kilómetro en 2:53, segundo parcial en 2:48. El sueco Skoog, espoleado por su público, decide coger la cabeza de la prueba. Cambio de ritmo que endurece la carrera, y el local que incluso se permite el lujo de sacar varios metros al grupo, que va, paulatinamente, perdiendo unidades. 8:23.21 al paso por el 3.000m (el kilómetro en 2:41).



Al nerviosismo de Amaya, para deleite de Gregorio Parra y Fermín Cacho, comentaristas para Televisión Española, se unía el de su gemela Tamara, también atleta. La imagen de las hermanas, con el alma en vilo, se convertiría en una de las imágenes más icónicas de esta carrera e incluso del campeonato. Mientras tanto, Farah comandaba imperial el grupo, con un ritmo que parecía aumentar por momentos, persiguiendo a un Skoog que perdía velozmente sus metros de ventaja, y con Villalobos deshaciéndose antes de llegar a la curva de McCormick, Rizki y Compernolle, faltando tres vueltas al paso por meta, en una asentada maniobra.
Momento crucial de la carrera: el crono marca 11:07.49 al paso por el cuarto kilómetro. Entendiendo la complejidad de tomar decisiones instantáneas corriendo por debajo de tres minutos por kilómetro, cabe recordar de nuevo que el séptimo tiempo de la primera semifinal se situaba en 13:56.84. Por ende, si a partir del quinto puesto de la segunda semifinal (los cinco primeros se clasificaban de manera directa) cualquier atleta lograba deshacerse de dicho crono, los ocho atletas que iban a quedar en esta serie (el alemán Gabius abandonaba la prueba a falta de ochocientos metros) se tornarían automáticamente clasificados para la gran final del domingo.



Dentro del grupo cabecero de seis, Pablo era quinto a falta de dos vueltas, pero con el pelotón estirándose cada vez más. Al toque de campana, el extremeño, bien pagando el esfuerzo, bien con total control sobre la situación, cedía al último cambio. Nervios en cabeza (empujones incluidos entre Bordukov y Rizki), nervios en la grada, nervios en las cabinas de retransmisión. El único que parecía tener claro y meridiano su cometido, el propio Villalobos, que aun siendo sobrepasado a falta de ochenta metros por McCormick, y cediendo, por tanto, la sexta posición, supo dosificar las escasas fuerzas que ya le quedaban, conocedor de que aquello iba a decidirse implacablemente mediante el crono, no mediante los puestos. 13:51.17, séptimo lugar, y a la final por tiempos (todos los atletas de la serie, excepto Gabius, retirado, se metían en la final).
Demostrando una inteligencia plausible y una pasmosa frialdad de análisis ante tal situación, (fácil decirlo mientras se encadenan miles a más de 20 km/h), Villalobos supo comprender que de tal manera un puesto en la final era suyo: "En la última vuelta no he querido dejarme todas las fuerzas. Tenía como referencia el 13:56 del séptimo atleta de la serie anterior. Si íbamos por debajo de esa marca, me daba igual incluso llegar último de la serie".

"Esperemos que hoy sea el día malo, porque ha pasado todo lo negativo que podía pasar, las sensaciones no han sido las mejores... pero estamos en la final, que era lo importante".

"Hubo un tropezón en la primera vuelta... me pisaron por detrás y me sacaron la zapatilla lo justo para ir corriendo a disgusto; con la pierna derecha no podía impulsar bien, se me estaba empezando a cargar... y he decidido que, antes de que se endureciera el ritmo, tenía que intentar pararme y arreglarlo".

Todo quedaba en una mera anécdota. Simpática, a posteriori, casi agónica en directo. Y todo, rematado con la soberbia actuación del extremeño, venciendo con inteligencia y frialdad al silencioso enemigo del nerviosismo. Primero, derrotando al desasosiego, y segundo, midiendo al detalle sus movimientos.
El 13 de agosto, en la final de los 5.000m del Campeonato de Europa, la triple presencia española se saldaba con una carrera eterna, de extraordinario regusto para el atletismo español. Pero esa es otra historia.

21 de febrero de 2014

Recordamos... Jos Hermens: no hay mal que por bien no venga

La historia de hoy podría encuadrarse desde una doble vertiente. Por un lado, desde la tristeza de una carrera deportiva que pudo ser y no fue, al menos no tanto como su talento preveía. Y por otro, tras sus años como atleta profesional, el éxito desde el otro lado de la barrera.

Josephus Maria Melchior Hermens nació el 8 de enero de 1950 en la localidad de Nimega (Nijmegen en neerlandés), al este de los Países Bajos. Su nombre de guerra en el atletismo, Jos Hermens.
En su país natal se convirtió pronto en un destacado y notorio fondista, llegando a ser elegido deportista holandés del año en 1975. Acudió a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, para participar en los 5.000m, pero estando ya en la villa olímpica, se produce uno de los sucesos más macabros y trágicos de la historia del olimpismo. Once miembros del equipo olímpico israelí (mas un oficial alemán, miembro de la policía de lucha contra el terrorismo) eran secuestrados y posteriormente asesinados por un comando del grupo terrorista palestino 'Septiembre Negro', integrado en la llamada 'Organización para la Liberación de Palestina', bajo las órdenes de Yasir Arafat. Fue la llamada "Masacre de Múnich" (reflejada a la perfección, por ejemplo, en la película de 2005 "Munich", dirigida por Steven Spielberg).
Hermens, al igual que el equipo filipino al completo, trece atletas noruegos, y otros cinco holandeses, decidía no continuar en la competición. "Es muy sencillo: nos han invitado a una fiesta. Si en la fiesta asesinan a alguien, ¿cómo puedes continuar en ella? Me voy a casa", diría Hermens.

En 1973, se convertiría por vez primera en campeón nacional, de 5.000m en este caso, y al año siguiente acudiría a los Campeonatos de Europa celebrados en Roma a verse las caras con las grandes figuras continentales, encabezadas por el finlandés Lasse Virén (que venía de ser doble campeón olímpico en Múnich, en 5.000m y 10.000m, y que lo sería posteriormente, también por partida doble, en Montreal) o el británico Brendan Foster, que acabaría siendo campeón de Europa aquel año. Hermens terminaría cuarto aquella carrera.

Sin embargo, pese a ser un gran atleta en las doce vueltas y media a la pista, su ambición, que acabaría por convertirse en obsesión, siempre fue la larga distancia. En 1975 ya realiza su primer intento para conseguir el récord de la hora en pista. El 28 de septiembre de 1975, en el National Sports Centre de Papendal, a pocos kilómetros de la ciudad de Arnhem, en Holanda, Hermens conseguiría correr, con la ayuda del talentoso fondista Gerard Tebroke, en sesenta minutos 20.907 metros, es decir, 123 metros más que el belga Gaston Roelants, que poseía la plusmarca desde tres años antes.

Pocos meses después, el 1 de mayo de 1976, ya sin 'liebres' y en el mismo escenario, Hermens rompería su propio récord, fijándolo definitivamente en 20.944 metros, registro que a día de hoy sigue siendo récord de Europa, y que no pudo ser superado hasta que en 1991 el mexicano Arturo Barrios conseguía sobrepasar la barrera de los 21 kilómetros por vez primera (21.191 metros). Posteriormente, sólo el gran Haile Gebrselassie ha sido capaz de mejorar el registro de Barrios. 21.285 metros, en Ostrava (República Checa) en 2007, que siguen figurando como la máxima distancia que un atleta ha conseguido recorrer en una hora.
Hermens participaría ese mismo año en dos pruebas de los Juegos Olímpicos de Montreal: el 10.000m, donde finalizaría décimo (28:25.04), y el maratón, vigésimo quinto clasificado con 2h19:48.
Ya en el año 1977, conseguiría una gran marca en 10.000m, un 27:41.25 que sería su plusmarca personal de siempre en la distancia. Pero su gran afán, su máximo sueño, y su absoluta convicción estaban puestas en una idea que se le había grabado a fuego en su ya de por sí mentalidad ganadora: convertirse en el mejor maratoniano del mundo. Quizá su pobre resultado en Montreal espoleó aún más el objetivo del holandés.
Para ello, Hermens consideró que no había mejor sistema que entrenar, entrenar y entrenar. Así de simple, así de directo... y así de arcaico. Durante el invierno de 1977 y la primavera de 1978, Hermens llegaría a destrozar los parámetros de la lógica en lo que al entrenamiento se refiere. Semanas de más de 300 kms así lo atestiguarían. Su objetivo era claro: ganar el Maratón de Nueva York de 1978.
Antes, un paso intermedio que le serviría como preparación para su gran fin. Hermens participaría en el 10.000m del Campeonato de Europa de Praga. Un gran plantel de fondistas (el finlandés Martti Vainio, los británicos Brendan Foster y Dave Black, el también holandés Gerard Tebroke, el soviético Aleksandr Antipov, o el italiano Venanzio Ortis) que podían resultar una buena piedra de toque para comprobar el estado de Hermens de cara a su gran desafío.
Pero aquel 19 de agosto, día de la final, los sueños de Hermens iban a romperse en mil pedazos. Y nunca mejor dicho, en este caso.
Cuando faltaban poco más de dos kilómetros y medio para el final, unas siete vueltas aproximadamente, Hermens se desploma repentinamente, entre evidentes gestos de dolor. Los meses de abusos, de cargas de kilómetros bestiales, de entrenamientos inhumanos, y de auténtico afán, sin ninguna inteligencia, por conseguir su sueño, convirtieron a Hermens en un atleta metódico, casi robótico, incapaz de escuchar las señales que su cuerpo le enviaba, cegado por ese objetivo de convertirse en el mejor de una prueba tan especial como el maratón, y que podría decirse que cuenta con una idiosincrasia propia, independiente en el mundo del fondo. Tras meses de molestias en su tendón de Aquiles, el neerlandés no supo (o no quiso) ver que su estado iba mermando poco a poco. Y aquella tarde, en Praga, todo el estadio Evzena Rosickehó (también conocido como el multiusos de Strahov) mantuvo el aliento cuando los gritos de dolor y de rabia de Hermens hacían presagiar lo peor. Su maltrecho tendón de Aquiles no había sido capaz de aguantar, y, literalmente, se partió en dos. Igual que el sueño de atleta de Hermens.
Como si de una pesadilla se tratara, Jos nunca pudo volver al atletismo de alto nivel.


Sin embargo, tras unos años trabajando para la multinacional Nike, ya alejado de la competición, toma una decisión que se convertiría en crucial para el resto de su vida: funda la compañía Global Sports Communication, una compañía de management y asesoramiento de atletas de alto nivel. La lista de atletas que confiaron en los métodos, la inteligencia y el saber hacer de Hermens es inagotable y de una brillantez extraordinaria. Tras conseguir convertirse en 1991 en manager del que es probablemente el mejor fondista de la historia del atletismo, Haile Gebrselassie, el catálogo de atletas que maneja es, simplemente, superlativo. Kenenisa Bekele, Stephen Kiprotich, Abel Kirui, Abeba Aregawi, Tiki Gelana, Tsegaye Kebede, Genzebe Dibaba, Eliud Kipchoge, Ayele Abshero, Florence Kiplagat... son algunos de los nombres a los que representa hoy en día. Magníficos como Richard Limo, Gabriela Szabo, Bernard Barmasai, Nils Schumann, Irina Privalova o Asefa Mezgebu pasaron por sus manos. Y en su cartera, nombres de futuro como Sifan Hassan, Faith Kipyegon, Geoffrey Kipsang o Ruti Aga.
Posiblemente, el manager más poderoso e influyente no sólo de los últimos años, sino de la historia del atletismo. Y todo, propiciado por su desmedido afán de superación y una lesión que truncó su carrera. No le fue mal después.

"La lección que aprendí es que hay que saber dosificarse".


18 de febrero de 2014

El día en el que cayó un récord perpetuo

El atletismo es así. Posee esa abstracta capacidad de mantener un récord inalterable durante lustros, y que nadie sea capaz siquiera de acercarse a él, de dignarse a atacarlo, de presentar la más mínima batalla contra esa altura, esa marca. Sin embargo un día, un atleta, en el cenit de su plenitud física y psicológica, en un estado de forma tan brillante que podría compararse al fantasioso momento en el que parece que los planetas se alinean para proporcionarle sus más elevadas cualidades, consigue destronar (parcialmente, eso sí) al rey absoluto de una disciplina que venía huérfana de mitos desde que dicho rey anunciara su retirada definitiva de la competición hace casi quince años.

El pasado sábado, 15 de febrero, la ciudad ucraniana de Donetsk vestía sus mejores galas. La leyenda contemplaba desde el palco de honor cómo su más digno sucesor le desposeía de la virtud de los libros de récords. El infalible Sergey Bubka, el más brillante pertiguista que haya parido la historia del atletismo, era derrocado como recórdman mundial bajo techo. Su mejor marca indoor, 6 metros y 15 centímetros, lograda el 21 de febrero de 1993 en la propia Donetsk, era superada en un centímetro por un francés nacido el 18 de septiembre de 1986 (cuando Bubka ya había sido campeón mundial al aire libre y en pista cubierta).

Renaud Lavillenie se convertía en el hombre que más alto haya saltado en la historia, ya sea bajo techo o al aire libre.


El concurso comenzaba con la tentativa de Renaud sobre 5.76m. Superaba esa primera altura con facilidad, al primer intento. Hacía lo propio con los 5.91m. A la primera y sin aparentes fisuras. Sobre 6.01m, Lavillenie sufría más. Al tercer intento, conseguía igualar la que era en ese momento su cuarta mejor marca de siempre.
Y a partir de ese momento, Lavillenie se lanzaba a buscar lo que ya había intentado varias veces durante este invierno. El 6.15m de Bubka, aunque tímidamente, ha parecido temblar durante este último mes. Y es que a finales de enero, Renaud ya batía el récord francés en Rouen, con 6.04m. Seis días después en Polonia conseguía el 6.08m que ha sido hasta este fin de semana la mejor marca histórica no conseguida por Bubka. Y en sus intentos sobre el récord, al igual que en sus plusmarcas, dejaba entrever que tenía margen para atacar el registro del genial saltador de Lugansk. Hablamos siempre de marcas indoor.
Hasta que el sábado, tras saltar a la tercera 6.01m, Renaud se ponía manos a la obra. Era su momento. El momento de convertirse en el mejor pertiguista de la historia bajo techo.

Renaud resoplaba, mirada al infinito. Mostraba una tensión y una concentración que, quizá de forma sibilina, reflejaban la incertidumbre y la ansiedad de quien contempla ante sí la oportunidad de reafirmar su grandeza. Bubka no podía, aparentemente, ocultar su incomodidad ante el momento con constantes gesticulaciones, paliques e hilaridades, propias del que es sabedor de que se le acaba el tiempo, como si quisiera no darse cuenta de que podían ser sus últimos segundos como plusmarquista mundial en pista cubierta. Quizá, nadie como Bubka sabía de la importancia de este preciso instante.
Lavillenie apretaba el puño, automotivándose, más aún de lo que su país empuja siempre cuando él vuela. El pabellón mezclaba la impaciencia y la curiosidad con el desasosiego ante la posibilidad de que su ídolo cayera como plusmarquista indoor. Pértiga al cielo, último resuello, y carrera decidida sobre la dichosa y tan polémica tarima flotante. La batida se antoja perfecta, y en cuanto Renaud enfila el listón, la locura. Sabe que lo ha conseguido. Y a la primera. De antología. Récord mundial de pértiga en pista cubierta. 6 metros y 16 centímetros:




La reacción de Lavillenie no dejaba lugar a dudas. Su incredulidad se reflejaba en el acto de llevarse las manos directas a su cabeza, apenas tras sobrepasar el listón. Como si gritase a viva voz, a todo el pabellón, "no puede ser, no me lo puedo creer", y no poder apenas actuar de otra manera durante los siguientes minutos.
Para la curiosidad, quedó el cuasi-insólito vuelo del campeón francés sobre 6.21m, en un frustrado intento ajeno ya a la presión, permitiéndose incluso el lujo de sonreír antes de saltar, como si la cosa no fuera con él, ante una altura que, tratándose de una auténtica salvajada, pudiera no situarse excesivamente lejos de la capacidad del pequeño galo de 27 años. Tras ser violentamente escupido por la pértiga lejos de la colchoneta, Lavillenie se lastimaba el pie derecho. Si bien ciertas informaciones confirmaban que tuvo que recibir varios puntos de sutura por un corte tras este intento, otras aseguraban que la herida se durante el salto sobre 6.16m. Sea como fuere, se confirmaba el peor presagio posible tras la brillante gesta: no estará en los Campeonatos de Francia en Pista Cubierta, y tampoco acudirá a los Campeonatos Mundiales bajo techo que se disputarán en la localidad polaca de Sopot del 7 al 9 de marzo. Su baja, unida a la del campeón mundial Raphael Holzdeppe, y a la del vigente subcampeón europeo Björn Otto, dejan ciertamente mermada una competición en la que casi con total seguridad la victoria se dilucidará con un salto claramente por debajo de los seis metros.


Volviendo al acontecimiento en sí, y tras la grandeza del mismo, no puede obviarse la reacción del gran campeón ucraniano. Las cámaras mostraban a un Bubka sonriente, siendo el primero en darse prisa para acercarse a quien le había arrebatado parte de su hazaña, que no de su grandeza. Quién sabe si por mera galantería o por sincera elegancia. Considerando su rostro el espejo de sus sentimientos, no somos quién para no abogar por la franqueza y naturalidad de Bubka.
Durante ciertos -eternos- segundos, Lavillenie celebraba consigo mismo e intentaba comprender mínimamente la magnitud de lo que acababa de conseguir, incapaz aún así de dejar de llevarse las manos a la cabeza ante tamaña hombrada. Huelga decir que resulta esencial quedarse con la imagen de ambos. Uno, Bubka, admitiendo que su récord podía no ser eterno. Otro, Lavillenie, preparado para asumir el nuevo imperio del que se hace acreedor, por derecho propio. Aún así, no deja de ser prácticamente imposible dinamitar la magnitud de un pertiguista que sigue ostentando en su inabarcable haber los nueve mejores registros históricos al aire libre, y siete de las diez mejores marcas bajo techo, habiéndose colgado al cuello el oro hasta en diez ocasiones en Campeonatos Mundiales (seis de ellas al aire libre). Su ya tradicional e histótico reinado en la especialidad no corre peligro. Y de momento, no lo correrá, a tenor de la apoteósica trayectoria que Bubka cosechó a lo largo de sus casi veinte años en activo. Por un lado, las marcas, los registros. Por otro, exagerando pero casi equidistante, los éxitos globales, las trayectorias a nivel absoluto, la carrera de un atleta valorada con la perspectiva del tiempo y del espacio.

Sin embargo, es muy posible que el mundo del atletismo tarde en tomar conciencia de la trascendencia tan inmensa que destila el récord de Lavillenie. Quizá no sea sino pasado un tiempo prudencial cuando se racionalice la importancia de lo que acaba de conseguir el más talentoso pertiguista de lo que llevamos de siglo, sin duda el más capaz de su generación (y posiblemente de la tan admirada escuela francesa), y ya por méritos propios uno de los más talentosos de la historia.

Ahora, tras hacerse con el trono bajo techo, sólo queda que Lavillenie reafirme y ratifique su eternidad con un vuelo que inmortalice su inmenso talento al aire libre. No ya "perpetuar", porque ni siquiera el 'dios' Bubka pudo conseguirlo. "6.20m es posible", decía el ucraniano el sábado. Y quizá no haya dudas: si alguien lo consigue, será Lavillenie.




14 de febrero de 2014

Siempre juntos, con una sonrisa

Cuenta la leyenda que a él no le gustaba correr. Le parecía una actividad nula, aburrida. Pensaba que no servía para nada.
Su primera vez, su capataz en la fábrica en la que trabajaba lo inscribió para una carrera, al igual que a todos los demás operarios. Fingió estar enfermo para no participar. Pero tuvo que hacerlo. Quedó segundo. Y a partir de ese día, cuando contaba con apenas dieciocho años de edad, todo cambió para él. Encontró su incentivo. El incentivo que le llevó a querer ser el mejor. Y a serlo. Y el incentivo que le llevó a encontrar el amor de su vida.

Cuenta la leyenda que ella ya era una atleta destacada. Despuntaba en balonmano, deporte que practicó desde que era una niña, llegando a ser campeona nacional con su equipo. Un día, casi por accidente, descubrió su facilidad para el lanzamiento de jabalina. Pensó "si lanzo tan lejos sin apenas esfuerzo, si entreno duro, tendré mucho éxito". No fue tan fácil, pero el éxito llegó.

Él y ella. Ambos, nacidos el mismo día. El 19 de septiembre de 1922, con apenas cuatro horas de diferencia. En la misma región. Moravia-Silesia, cerca de la cuenca del río Olza, en dos localidades separadas por apenas medio centenar de kilómetros, en la antigua Checoslovaquia.
Tan duro entrenaron que consiguieron participar (y de qué manera) en los que serían los primeros Juegos Olímpicos que disputarían en sus triunfantes carreras, ya tras sellar su amor. Ese amor que comenzó el día de aquella primera carrera de él.
En Londres, en 1948, en una ciudad que sometía en vilo su orgullo para alzar la cabeza tras una de las épocas más oscuras que el ser humano haya conocido jamás, y con una ciudad aún arrasada por los bombardeos de aquella cruenta guerra mundial, donde los atletas se alojaron en austeros y lúgubres barracones militares, ella sería séptima en la jabalina el 31 de julio. Un día antes, él desbordaría de alegría a su pueblo, consiguiendo el oro en los 10.000m. El 2 de agosto, cerraría la brillantísima participación del ya, y por siempre, matrimonio con su plata en los 5.000m.
Pero fue en las frías tierras del norte, cuatro años más tarde, en una época en la que la Vieja Europa luchaba aún por recuperarse de los horrores de la sangrienta batalla, cuando Helsinki iba a convertirse en momento y lugar para eternizar un sentimiento tan bello y profundo que sólo la muerte pudo separar. 1952 fue su año, sin lugar a dudas, y aquella semana, el máximo esplendor de un éxito exorbitante.
El 20 de julio, la primera alegría. Él arrasaba en los 10.000m. Quince segundos por delante del segundo clasificado. Récord olímpico. Cuatro días después, el 24, tras haberse clasificado holgadamente para la final, vencía en los 5.000m, consiguiendo un doblete que ya de por sí suponía una inmensa hazaña.
Quizá inspirada y espoleada por la fuerza de su cónyuge, sin apenas haber tenido tiempo para reponerse de la emoción por su victoria, ella lanzaba la jabalina más allá de los cincuenta metros en su primer lanzamiento de la final, con un 50.47m que ya ninguna atleta le podría arrebatar, para apropiarse un nuevo récord olímpico, y una sensacional medalla de oro.
Y tres días más tarde, el 27, él sellaría con letras de oro unos Juegos Olímpicos que siempre han llevado y llevarán su nombre. En una de las gestas más inauditas e insólitas que se recuerdan, el maratón se convertía en territorio de 'La Locomotora'. Nuevo oro, y nuevo récord olímpico. Escapado con su rival británico, Jim Peters, él, debutante en la prueba, le preguntaba si el ritmo que llevaban era bueno. El británico, con mala cara y muy fatigado, le respondía que era "lento". Él, tomándose casi como una bravata, al pie de la letra, las palabras de su rival, se encaminaba hacia la victoria tras un feroz cambio de ritmo.
Tras preguntarle cómo se encontraba tras la llegada, osaba responder "más de dos horas corriendo... me he aburrido bastante". Tras ello, haciendo gala de un magnífico sentido del humor, esbozaba, como siempre, una contagiosa y vital sonrisa.
Siete días para el recuerdo. Siete días para la eternidad, de una pareja eterna.

Aún serían dos participaciones más en Juegos Olímpicos para ella (4ª en 1956 y 2ª en 1960), y una más para él (6º en el maratón de 1956). Ella sería dos veces campeona de Europa, batiendo hasta en 14 veces el récord nacional checoslovaco de jabalina. Él, simplemente uno de los mejores fondistas de la historia. Tres oros y un bronce en Campeonatos de Europa, y esos cinco oros olímpicos ya relatados.

Su vida quedaría unida para siempre, tanto en lo personal, donde era evidencia que ambos hallaron el amor de su vida, como en lo profesional. Siempre amables, siempre sonrientes. Siempre compitiendo, siempre sonriendo. Siempre juntos. Hasta que el destino quiso que, el 22 de noviembre de 2000, el cielo los separara. Él se convertía, aún más, en un mito, ya no en vida. Y ella sigue, hoy en día, a sus 91 años, y conservando una memoria privilegiada, aprendiendo a vivir sin él, mirando hacia adelante. Feliz por haber vivido una feliz vida. Feliz por haberla compartido con él. 

"Él". Emil Zátopek.

"Ella". Dana Ingrová-Zátopková.

Siempre juntos, con una sonrisa.




11 de febrero de 2014

Pasarán Más de Mil Años... Récord del Mundo de 1.000m (M)

El kilómetro más rápido de la historia.
Así es como comienza este artículo. Declaración de intenciones. Su protagonista, un atleta que no manejó una carrera particularmente dilatada, del que apenas se pudo disfrutar en absoluta plenitud durante dos, quizá tres temporadas, pero que consiguió varios éxitos que se han convertido en auténticos hitos del atletismo moderno. Uno de ellos, este.

El 5 de septiembre de 1999 se disputaba en la localidad lacial de Rieti uno de los mítines con más solera del panorama atlético. Había sido verano de Mundial, disputado en Sevilla, y el mediofondo estaba dominado por el extraordinario marroquí Hicham El Guerrouj, que había recogido el testigo de otro africano que dominó los 1.500m durante el lustro anterior, el argelino Noureddine Morceli. En los 1.500m de Sevilla, el mundo asistía, atónito, a una de las más bellas pruebas que haya deparado el atletismo quizá en sus últimos treinta años, posiblemente en toda su historia, con un El Guerrouj en el cenit de su carrera, y una competencia encarnizada por derrocar al rey de la media distancia, cometido que sólo resultaba factible de manera efímera y casi anecdótica. En aquellos Mundiales, el oro sería para El Guerrouj, con una magnífica carrera del terceto español, liderado por un inconmensurable Reyes Estévez, bronce, y condimentado con el cuarto y quinto puesto, respectivamente, de Fermín Cacho y Andrés Díaz. La plata iba a ser, superando a Reyes al final de la contrarrecta en una preciosa maniobra, para un keniano de apenas veinte años, decidido a luchar de tú a tú frente a El Guerrouj, plantándole cara en sucesivas ocasiones a lo largo de la temporada (en Roma, el 7 de julio, El Guerrouj batía la plusmarca mundial de la milla, con 3:43.13, con el mencionado keniano segundo, obteniendo la 2ª mejor marca histórica, con 3:43.40, ambas vigentes a día de hoy). Su nombre, Noah Ngeny.
Ese domingo, quinto día de septiembre, Ngeny había convencido a los organizadores de Rieti de que prepararan una carrera de 1.000 metros. Distancia ciertamente exótica (a día de hoy, desde luego, lo parece) para un meeting, y más a esas alturas de temporada, donde los temibles estados de forma del verano se tornan rápidamente en extenuación. La final del 1.500m en Sevilla se había disputado hacía menos de dos semanas, con lo que los atletas se encontraban en el tramo final de su temporada atlética. Sin embargo, Ngeny estaba convencido de que allí iba a ocurrir algo, y así se lo aseguró a la organización.

Comandada por David Kiptoo como 'liebre', desde que sonó el disparo fue evidente que aquello no era ninguna broma. Ngeny se situaba rápidamente detrás de su compatriota. El ritmo, inhumano. La primera referencia, en el primer paso por el 400m, 49.66. Una salvajada.
En cabeza, sólo aguantan tras Kiptoo el propio Ngeny, el argelino Djabir Saïd-Guerni, y el también keniano William Yampoy. El sensacional trabajo de Kiptoo concluye al enfilar la última contrarrecta, y Ngeny coge el mando, sabedor de que la plusmarca que Sebastian Coe ostentara desde el 11 de julio de 1981 no se tornaba imposible (curiosamente, el entrenador de Noah Ngeny, Kim McDonald, reconocería después que los sistemas de entrenamiento de su pupilo se basaban casi al dedillo en los que Coe solía utilizar para atacar estas distancias).
1:44.62 al paso por el 800m (ya de por sí, marca de un excepcional nivel), y el braceo presto y raudo y la alta cadencia de paso del quebradizo Ngeny se acentúan. Último cambio. Cabeza alta, como era costumbre, y mirada de ojos prominentes al horizonte, resoplando con agudeza. La fragilidad aparente del mediofondista se torna en poder absoluto y fuerza desmedida para destrozar el récord de Coe con un apabullante último doscientos en 27.34. 

2:11.96. El kilómetro más rápido de la historia.





7 de febrero de 2014

2014 Inaugurado


Como no podía ser de otra forma, tenemos que terminar la semana haciendo mención al extraordinario acontecimiento que tenía lugar el primer día de febrero en la población alemana de Karlsruhe. El primer meeting de la temporada en pista cubierta, y la magia del atletismo parecía bautizar la temporada indoor con una carrera absolutamente antológica.
En pistas de 200 metros de cuerda, con curvas cerradas, y peraltes imposibles, el 1.500m siempre es una prueba complicada de disputar. Hablando de la categoría femenina, las marcas brillan por su ausencia desde tiempos casi inmemoriales, y los récords se han mantenido casi impasibles con el pasar de los años. La etíope Genzebe Dibaba se iba a encargar durante la tarde de ese 1 de febrero de golpear la mesa con tal fuerza que el resultado iba  a hacer temblar los cimientos de la pista alemana, en una demostración increíble.

Genzebe Dibaba celebrando su
récord mundial en Karlsruhe
(foto: Chai von der Laage)

De apellido célebre, Genzebe (8 de febrero de 1991) es la tercera más joven de los cinco hermanos Dibaba (cuatro chicas y un chico). La mayor, Ejegayehu (21 de marzo de 1982), ostenta como mayores éxitos la plata cosechada en el 10.000m de los JJOO de Atenas '04, y los dos bronces que conseguía en el Mundial de Helsinki de 2005, en 5.000m y 10.000m (curiosamente, ambas carreras ganadas por su hermana Tirunesh, e íntegro podio etíope también en ambas - Meseret Defar fue 2ª en el 5.000m, y Berhane Adere 2ª en el 10.000m).
Después, la ya nombrada Tirunesh (1 de octubre de 1985), es probablemente, la mejor fondista de la historia. Así de sencillo. No es fácil resumir un palmarés en el que encontramos 3 oros y 2 bronces olímpicos, cinco Campeonatos Mundiales, o 5 oros y 3 platas en Campeonatos del Mundo de Cross, amén de poseer dos récords mundiales (en 5.000m, 14:11.15; y en 15kms en ruta, 46:28). La tercera por edad, la protagonista de nuestro artículo, Genzebe.
Y después, dos jovencísimos talentos que pronto seguro asomarán en el universo atlético. El único varón de la saga, Dejene, es un bisoño ochocentista del que ya se hablan maravillas. Y la más pequeña de las féminas, Meseret, muy parecida físicamente a sus tres hermanas mayores, está empezando a dar sus primeros pasos firmes en el mundo del atletismo.

Genzebe conseguía la que era su mejor marca en 5.000m en Oslo, en la misma carrera en la que su hermana Tirunesh batía la plusmarca mundial (14:37.56 para Genzebe). Tras haber conseguido dos Mundiales de Cross Junior consecutivos, no iba a tener fortuna en el Mundial de Berlín en 2009, con un 8º puesto en el 5.000m, lugar que repetiría dos años más tarde en el Mundial de Daegu. A partir de ahí, se plantea bajar de distancia, y se fija definitivamente en el 1.500m En los JJOO de Londres, fue décima en su serie en el 'milqui', sufriendo un pinchazo en la parte posterior del muslo en la última vuelta. Y en Moscú '13, tras una magnífica temporada de invierno (que fue desinflándose a medida que pasaba el año), terminó, de nuevo, 8ª en la final del kilómetro y medio.

Lo que vimos en Karlsruhe es una de las más descomunales demostraciones que hayamos visto en los últimos años. Simplemente, disfrutad:





Una realización desastrosa (con cambios para ver participaciones intrascendentes en concursos, mientras en la pista una atleta volaba a ritmo de récord mundial), no nos impedía contemplar una carrera maravillosa, una galopada como pocas habíamos visto en los últimos años, tras la retirada de una 'liebre' (la veterana eslovena Sonja Roman) que hizo bien su trabajo. A partir de ahí, la locura. 3:55.17, más de tres segundos por debajo del anterior récord de la rusa Yelena Soboleva (3:58.28, una de las plusmarcas más vergonzosas de la historia, conseguida en 2008 por una atleta implicada en un escándalo de dopaje, con cambios en muestras de orina, que hizo temblar los cimientos del atletismo ruso). Desde que lo consiguiera Yuliya Fomenko (implicada en el mismo caso que Soboleva), ninguna mujer había conseguido bajar de 3 minutos y 56 segundos en el kilómetro y medio. La diferencia, que la rusa lo consiguió al aire libre.

Seguiremos atentamente las evoluciones de la nueva recórdman mundial, y permaneceremos alerta ante el posible y prometedor cara a cara con la gran dominadora de la distancia en los últimos años, la etíope de nacionalidad sueca, Abeba Aregawi. Puede ser una maravilla.


* Mientras escribíamos estas líneas, Dibaba lo volvía a hacer. Esta vez en Estocolmo, día 6 de febrero, se "cargaba" (más de 7 segundos de diferencia) el récord mundial de los 3.000m en pista cubierta que ostentaba desde 2007 la también etíope Meseret Defar. 8:16.60 para Dibaba. Lo volvió a hacer.
El vídeo, aquí.





Pero no queda todo ahí. Hay dos concursos, de los que hemos hablado recientemente, que nos están deparando noticias semana tras semana.

Ivan Ukhov

En primer lugar, el salto de altura, donde ya advertíamos que el ucraniano Bohdan Bondarenko se había postulado firmemente en 2013 para acabar con el reinado del cubano Javier Sotomayor. Pues bien, creemos que no hay mejor incentivo para la búsqueda de un récord mundial en este tipo de pruebas que la feroz competencia. Si nos quedábamos boquiabiertos con la facilidad mostrada en entrenamientos por el siempre talentoso qatarí Mutaz Essa Barshim (vídeo más que curioso, con Barshim saltando a tijera sobre 2.15m), no podíamos dejar de sorprendernos ante el impresionante registro en pista cubierta del ruso Ivan Ukhov. 2.41m conseguía Ukhov el 16 de enero, cuarta mejor marca de la historia (tras el 2.43m de Sotomayor, el 2.42m del germano Carlo Thränhardt, y el 2.41m del sueco Patrik Sjöberg), situándose en el primer puesto de los registros anuales, y augurando una preciosa lucha entre los tres saltadores. Frótense las manos.



Renaud Lavillenie, tras su 6.08m
Y en segundo lugar, en pértiga. Sí, en pértiga. La disciplina donde parecía que Sergey Bubka había hecho todo lo que se podía hacer para eternizar su dominio, tiembla nerviosa ante el magnífico momento de forma que está mostrando en pista cubierta el sensacional francés Renaud Lavillenie. Si conseguía en Rouen el 25 de enero romper el récord de su país con un salto de 6.04m, iba a ser el día 31 en la ciudad polaca de Bydgoszcz cuando lograra el segundo puesto en el ránking mundial de siempre, con un estratosférico salto de 6 metros y 8 centímetros (y hablando siempre, como decimos, de registros indoor). La marca de Lavillenie, a 7 centímetros del 6.15m que consiguiera Bubka en Donetsk en 1993 (y que, al igual que al aire libre, no llegó a cotas mayores por el afán del saltador de romper sus propios récords centímetro a centímetro por una pura cuestión monetaria) puede parecer lejana, pero la sensación que nos dejó Lavillenie es de que tiene cierto margen para, al menos, intentar atacar la plusmarca del genial ucraniano. Está más motivado que nunca, en mejor forma que nunca, y se le ve con más confianza de lo que jamás se le había visto. Que siga así y nos deleite aún más de lo que está haciendo.

Qué bien ha empezado el año... abogamos, sin ningún género de dudas, porque continúe así.





4 de febrero de 2014

Carreras Inolvidables: Oviedo, 1986, 1.500m en Pista Cubierta

En 1986, el toledano José Luis González atravesaba por uno de los mejores momentos (si no el mejor) de lo que fuera su dilatada carrera deportiva, recién proclamado Campeón de Europa de 1.500m en pista cubierta en Atenas el año anterior, y cosechando una brillante plata en el Campeonato Mundial en pista cubierta de París, tras el australiano Mike Hillardt. Tras completar un magnífico invierno, González asistía como espectador de lujo e invitado ilustre a la batalla de aquel verano, donde el británico Steve Cram se convertía en el primer hombre en rebajar la psicológica barrera de los 3 minutos y 30 segundos, manteniendo durante toda la temporada estival una encarnizada y bellísima lucha con el marroquí Saïd Aouita. González finalizaría tercero en Niza, consiguiendo el récord de España, y el 3:30.92 que fuera, a la postre, la mejor marca de su vida.
Ya en ese 1986, las cosas comenzaban con el mejor pie posible, ya que González volvía a proclamarse campeón de Europa en pista cubierta, esta vez ante su público, en Madrid. José Luis Carreira completaba la excelente actuación española con su segundo puesto.
Para aprovechar su excelso momento de forma, González decidía intentar el asalto a una marca que, de alcanzar, le catapultaría, por fin, de cara al intento de consecución de medalla en unos Campeonatos de Europa al aire libre, cometido que, hasta ese momento, le había resultado imposible (y que culminaría en Roma al año siguiente). Finalmente, en Stuttgart '86 era batido por los británicos Cram y Coe, y por el holandés Kulker, a quien curiosamente González y Carreira ya habían vencido en el mencionado Europeo Indoor de Madrid.

El sábado 1 de marzo resultó la fecha fijada para el ataque al récord de los 1.500m en pista cubierta. González reunía a los atletas más capaces de su equipo, el mítico Larios (actualmente, Asociación Atlética Moratalaz), confiando en dos de los atletas más en forma del momento para que le ayudaran a cosechar el que podía ser el tercer récord mundial que conseguía un atleta español, tras los de Josep Marín (30 kms marcha, y 2 horas marcha), y Colomán Trabado (600m indoor).
José Alonso Valero y el propio Colomán Trabado serían los encargados de guiar a González en la pista del Palacio de los Deportes de Oviedo, en busca del récord mundial, ostentado hasta ese momento por el irlandés Eamon Coghlan (3:35.6, aún con cronometraje manual). Alonso Valero venía de ser bronce y plata, respectivamente, en los Europeos de Atenas '85 y Madrid '86 (en 400m; y durante muchos años plusmarquista nacional de 400m vallas), y Trabado fue plata en Madrid '86 en los 800m. La carrera se organizó de tal forma que el presupuesto (un millón y medio de pesetas de la época) no se tuviera que invertir en atletas foráneos, sino que se buscó que el intento de González fuera la única prueba de nivel disputada. Participarían en la carrera también el anteriormente mencionado José Luis Carreira, y el años más tarde doble campeón mundial de maratón, Abel Antón.

De izquierda a derecha:
José Alonso Valero, Colomán Trabado, José Luis Carreira y Abel Antón

La empresa era complicada, pero no imposible. El propio González ya lo había dejado caer: "es una marca cara de rebajar. Si la tiene Coghlan, y no Aouita, Coe o Cram es porque dudan de conseguirlo. La pista cubierta tiene unas características muy especiales, y cualquiera, por bueno que sea, no vale para correr bajo techo".

La carrera se programó escrupulosamente: cada paso intermedio estaba más que ideado. Alonso Valero sería la primera 'liebre', hasta los seiscientos metros, y Trabado se iba a encargar de llevar a González hasta los mil cien metros, donde el de Villaluenga de la Sagra buscaría el último esfuerzo en solitario para hacerse con el récord.
A las 18:20h de aquel sábado 1 de marzo, el Palacio de los Deportes de Oviedo, abarrotado por 5.000 almas (que, como curiosidad, pagaron cien pesetas de entrada), debía convertirse en una auténtica caldera, y así iba a ser. Los aledaños del recinto, quedaron repletos de espectadores que se quedaron sin sitio, teniendo que correr raudos a sus casas para contemplar la hazaña por Televisión Española, que cubría el evento como la ocasión lo merecía, apostando por una de las tan añoradas retransmisiones en riguroso directo, conducida por el siempre controvertido y recordado Gregorio Parra, voz del atletismo en España durante más de treinta años.
Con unos minutos de retraso sobre el horario que había previsto la organización del evento, se dio la salida, y un público entregado jaleaba a los cinco atletas, en fila. Alonso Valero, en cabeza, buscaba un paso en 1:25.0 por los primeros seiscientos metros. Trabado y González detrás, con Carreira y Antón cerrando la comitiva. El retraso de algo más de dos segundos (1:27.82) sobre lo previsto propició que un entregado Colomán Trabado, avisado ya de que el ritmo era lento, tuviera que acrecentar el ritmo. Según las previsiones, el paso por el kilómetro debía ser en 2:23.0. Trabado conseguía rebajar en un segundo el retraso sufrido en la primera parte de carrera, pasando el kilómetro en 2:24.33. No era suficiente. Se abría a la calle dos el leonés, y a partir de ahí, la responsabilidad recaía totalmente en González, quien, en un último tercio de carrera espectacular, devoró los últimos quinientos metros en 1:11, en una demostración de fuerza, vigor y coraje pocas veces vista.

Tras instantes de desconcierto (acrecentados televisivamente por el caos generado por Gregorio Parra en la retransmisión), el juez Antolín García anunciaba un par de minutos después por megafonía que la marca conseguida por González había sido, cronometrada manualmente, de 3:35.8, es decir, dos décimas más lento que la plusmarca mundial. Decepción entre el público, previa a la ovación cerrada reconociendo el esfuerzo titánico de los atletas, y tristeza contenida en González, que confesó estar convencido de haberlo conseguido al cruzar la línea de meta. "Me iba comiendo las curvas de lo rápido que iba", dijo. El resultado oficial de la prueba se hizo esperar, y el cronometraje electrónico definitivo marcaba finalmente 3:36.04.
González se mostraba frío al término de la carrera, y disculpaba la labor de su compañero "Pepillo" Alonso Valero. "El tiempo de paso era sólo una referencia. Daba igual un segundo arriba o un segundo abajo", exculpando al tarraconense. Tal fue el calado de la carrera, a pesar de que no se consiguiera el récord, que González (3:36.04), Carreira (3:38.77) y Antón (3:39.68) se encaraban a las tres primeras plazas del ránking mundial en pista cubierta de aquella temporada de 1986.

Sin embargo, la historia iba a tener final feliz. Tardío, pero feliz.
Un año más tarde de aquella hazaña, la Federación Internacional de Atletismo se pronunciaba sobre el asunto, y era meridianamente clara: la marca de Coghlan no había sido nunca homologada, puesto que se consiguió durante la disputa de una milla (1.609,344 metros), y no existía ningún registro documental que acreditara la plusmarca de forma fehaciente y fidedigna. Por tanto, y revisando el cronometraje del intento de González en Oviedo, la marca se convertía en récord mundial. 3 minutos, 36 segundos y 30 centésimas (por alguna razón que incluso a día de hoy se desconoce, se había añadido una centésima más al tiempo oficial, siendo corregido posteriormente, con lo que el registro se aposentaría en un definitivo 3:36.03).
González se convertía, por tanto, en el undécimo recórdman mundial de los 1.500m en pista cubierta.

Esta es la inolvidable carrera (vídeo de Juan Carlos Hernández):