26 de junio de 2013

Recordamos... Tsuburaya: morir de deshonor

Tsuburaya en Tokio '64,
dorsal 77
Nacido el 13 de mayo de 1940, Kokichi Tsuburaya encarna como nadie lo que el espíritu competitivo puede llegar a causar en la mente de un atleta. Su historia vital queda exenta de prácticamente cualquier desperdicio.

En 1959, Tsuburaya ingresa en las Fuerzas de Autodefensa de Japón, alcanzando al rango de teniente. Tras alistarse, empieza a competir a nivel atlético de forma profesional, desarrollando ampliamente poderosas aptitudes para las carreras de fondo, aptitudes que siempre mostró. Ya en esa época, su físico comienza a darle problemas, germen de lo que terminará por venir: constantemente aquejado de problemas lumbares, estos le lastrarán durante toda su carrera.
Los 5.000m y 10.000m comenzaron a sugerir su tremenda clase, y pronto descubrió que en las pruebas de fondo se encontraba su territorio más preciado. Sin embargo, iba a ser el maratón la prueba que colmaría sus expectativas. El círculo se cerraba en torno a la mítica distancia, siendo Tsuburaya seleccionado para disputar los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964. En aquellos Juegos, doblaría prueba, competiendo también en el 10.000m. Fueron los Juegos de Larisa Latynina. De Billy Mills. De Bob Hayes. De Anton Geesink. De Abebe Bikila. Historia pura.

En esos 10.000m, disputados el 14 de octubre de 1964, los favoritos Ron Clarke (plusmarquista mundial, australiano, bronce a la postre), Pyotr Bolotnikov (soviético, oro cuatro años antes en Roma en la misma prueba), y Murray Halberg (neozelandés, oro en el 5.000m de los Juegos anteriores), fueron superados por Billy Mills, un indio sioux americano, un completo desconocido en el panorama atlético internacional. Aún a día de hoy, el hecho continúa representando una de las mayores sorpresas de la historia del atletismo y del olimpismo. Tsuburaya aguantó el ritmo hasta que en el kilómetro 6 se descolgó del grupo de cabeza, terminando finalmente sexto.

En el maratón, que se disputaría una semana más tarde, el 21 de octubre, Tsuburaya no era siquiera la mejor opción japonesa, pese a considerarlo su prueba favorita y arribar en un fantástico estado de forma. Kenji Kimihara y en especial Toru Terasawa, que había ostentado unos meses atrás el récord del mundo (2h15:15.8, el 17 de febrero de 1963 en Beppu-Ōita), se postulaban como las mejores opciones del equipo nipón.
Los favoritos, el estadounidense Leonard "Buddy" Edelen (primer hombre en bajar de dos horas y quince minutos; 2h14:28 el 15 de junio de 1963, en el Polytechnic Marathon de Londres), el inglés Basil Heatley (que terminaría por conseguir la plata) y el celebérrimo Abebe Bikila. El abisinio, ganador del maratón en los Juegos de Roma cuatro años antes, generaría un impacto brutal en el panorama atlético, con su exhibición a lo largo y ancho del adoquín romano... descalzo. Sin embargo, resultaba una absoluta incógnita la dimensión del nivel que pudiese mostrar en Tokio. Apenas mes y medio antes de los Juegos había sido operado de apendicitis.

Pese a las elucubraciones sobre el estado de salud de Bikila, el etíope entraba en la meta del estadio olímpico con una marca de 2 horas, 12 minutos y 11 segundos, venciendo de forma tiránica en una prueba que había dominado casi desde el inicio. Bikila mostraría, de nuevo, una superioridad y suficiencia incontestables, casi insultantes (ahora ya con zapatillas Puma). Más de un minuto por debajo de la que había sido hasta ese momento plusmarca mundial de la distancia, en posesión de Heatley (2h13:55 el 13 de junio de 1964 en el Polytechnic Marathon de Londres).

De izda. a dcha:
Heatley, Bikila y Tsuburaya
Pero la historia se concentra unos cuatro minutos más tarde. En aquel preciso momento en el que los 75.000 asistentes que colmaban el estadio olímpico estallaban en vigoroso júbilo. Uno de sus compatriotas sobrepasaba el arco de entrada al recinto en segunda posición. Contra todo pronóstico, aquel compatriota era Tsuburaya. Heatley, siguiendo su estela a escasos diez metros, conseguía superarlo en la última curva del anillo, sorprendiendo al japonés con un último cambio al que el nipón, al límite de sus fuerzas, no fue capaz reaccionar. Tsuburaya sobrepasaba la línea de llegada totalmente exhausto, casi al borde del colapso, ante la alegría desbordada e incontenible del eternamente hierático pueblo japonés. Cubierto por una manta, con una expresión que reflejaba la extenuación de la prueba, Tsuburaya se retiraba del estadio entre los ensordecedores gritos de “Nipon, Nipon” (¡Japón, Japón!). Sin embargo, Tsuburaya en ningún momento supo entender que aquel bronce fuera ningún éxito. Muy al contrario, sentía sobre él la sombra del más absoluto fracaso, cuando paradójicamente, fue considerado un éxito nacional rotundo. Con aquel tercer puesto y la marca lograda, 2 horas, 16 minutos y 23 segundos, un japonés subía de nuevo al podio en una prueba de atletismo en unos Juegos, tras 28 años de ausencia. Las últimas medallas habían sido conseguidas en Berlín en 1936, por los coreanos Kitei Son y Shoriu Nan, oro y bronce en maratón, que compitieron bajo bandera japonesa.

Tsuburaya, puro sentimiento de humillación y decepción máximas, consideraba el haber dejado escapar la medalla de plata en la última curva, en los últimos ciento cincuenta metros de aquel maratón, una categórica deshonra. Todo el país lo aclamaba, empatizando con la proeza conseguida, pero él acabó por confesarle a su compañero Kimihara que solamente un oro en los Juegos Olímpicos de México, cuatro años más tarde, podría servir para aliviar la impotencia y frustración que sintió. "He avergonzado a mi país públicamente, y solamente con una victoria en los Juegos de México puedo obtener su perdón", llegó a decirle. Entendía que no había estado a la altura de las circunstancias, y que había defraudado a su gente, a su pueblo, aquel al que defendía y representaba con honor y orgullo supremos.

A partir de ese momento, en su mente sólo existió una idea, fija, perenne, enraizada hasta lo más profundo de su ser: conseguir la mejor preparación posible para alzarse con el oro cuatro años después en México. Nada más importaba.
Teniendo en cuenta que pertenecía a las Fuerzas de Autodefensa de Japón, el Gobierno le impuso un plan de entrenamiento muy meticuloso, basado en un trabajo metódico hasta la exageración y una disciplina tan pétrea como inmaculadamente castrense, como era propio. Así pues, aquella terminante búsqueda de la victoria en el maratón de los Juegos de México se convirtió en una obsesión, casi en una cuestión de Estado. Se diseñó para él un entrenamiento inhumano. Tsuburaya vivía, o sobrevivía, en el más absoluto aislamiento, homenajeando al asceta, subsistiendo de manera espartano hasta rozar el paroxismo, con la única preocupación de correr. Hasta tal punto se siguió el empeño, que se le ordenó tajantemente apartarse de su familia, e incluso posponer su boda, prevista para 1966, en pos de conseguir aquel reto. Fue obligado a cortar de raíz toda relación con quien fuese su novia, y por entonces prometida. Él aceptó. En ningún momento se planteó la posibilidad de desobedecer aquella orden. Era una cuestión de honor. De dignidad. Jamás un japonés debía ni siquiera pensar en desobedecer la orden de un superior. Y mucho menos, si se trataba de la defensa de su patria, el orgullo máximo. Aquella patria a la que él creía que había decepcionado con el bronce de Tokio.

Pero el entrenamiento, infame y suicida, comenzó a dar sus frutos. No de la manera esperada. La dureza y brutalidad de aquella preparación comenzó a mellar la capacidad física de Tsuburaya. Sus problemas endémicos de lumbares se cronificaron y agudizaron hasta tal punto que tuvo que permanecer cerca de dos meses hospitalizado, durante el año anterior a los Juegos. Al volver a los entrenamientos, se dio cuenta de que su cuerpo no respondía. Tsuburaya perdió totalmente la forma adquirida. No es que no estuviera a la altura del exigente reto. Es que era incapaz de soportar el esfuerzo, incapaz de canalizar el entrenamiento, de asimilarlo y de responder a él. Sencillamente, era incapaz de correr.

El 9 de enero de 1968, sus compañeros de la residencia de atletas se dieron cuenta de que Tsuburaya no había acudido a desayunar. Al resultarles extraño, fueron a buscarlo a su habitación. Lo que allí encontraron rozaba lo dantesco: Tsuburaya, tumbado sobre un inmenso charco de sangre, sostenía en una mano una cuchilla de afeitar, con la que se había seccionado la carótida. En su otra mano, la medalla de bronce olímpica de Tokio. Para culminar la impactante escena, dos mensajes manuscritos. El primero, rezaba así:

"Siento mucho crear problemas a mis instructores. Os deseo mucho éxito en México".


El segundo, aún más impactante:

"Estoy demasiado cansado para correr más".


En el ideario japonés, la muerte es considerada más honrada y aceptable que el deshonor. Tsuburaya hizo suya esta creencia hasta límites insospechados, llevándola hasta sus últimas consecuencias. Tan sencillo como que prefirió quitarse la vida antes que convivir con algo que él consideraba una traición a su patria, un deshonor a su pueblo.
Sin ningún género de dudas, una de las más tristes e impactantes historias que haya conocido jamás el atletismo.

Aquí, un pequeño vídeo en el que se observa la llegada de Heatley y Tsuburaya en Tokio.



Marathon Tokyo 1964 - Kokichi Tsuburaya por patagooos


17 de junio de 2013

Recordamos... Steve Prefontaine: la tragedia del indomable

25 de enero de 1951. Nace en Coos Bay, Oregón, Steve Roland Prefontaine. En 1970, con 19 años, se matricula en la Universidad de Oregón, entrenando a las órdenes de Bill Bowerman (posteriormente co-fundador de Nike, junto a Phil Knight, nomenclatura adoptada en 1971). Bowerman, prendado por el potencial del joven tras verlo en la Marshfield High School, se mostró tajante: "si confías en mi, te convertirás en el mejor fondista del planeta". En aquella etapa universitaria (de 1970 a 1973), ningún otro corredor estadounidense pudo derrotarlo.

Bajo el apodo de 'Pre' (convertido casi más en mito que en grito de guerra del público), este magnífico atleta iba cosechando éxitos paulatinamente con un objetivo marcado en rojo en el calendario: los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. En este sentido, resulta esencialmente destacable el hecho de que Prefontaine se convertía en su momento en uno de los grandes pioneros en la defensa del trabajo del atleta profesional, encabezando un sonoro movimiento contra la Amateur Athletic Union, a la que acusaba de obviar toda ayuda y de buscar únicamente un aprovechamiento egoísta de su esfuerzo y resultados: "Nos exigen medallas, pero nuestro país no nos da nada a cambio", llegó a decir, no sin amargura. Por aquel entonces, estaba terminantemente prohibido que los atletas profesionales compitieran en los Juegos Olímpicos. Es decir, para poder participar en el acontecimiento deportivo por excelencia, se les exigía que no cobraran por asistir, ni por competir o vencer en otras competiciones. En otras palabras, la exigencia era tan sencilla como que conservaran su estatus de amateurismo al cien por cien. Por ello, Prefontaine optó por la opción áspera, aunque si bien es cierto que coherente a su carácter y modus operandi: renunciar a grandes cantidades de dinero para alcanzar su sueño de ser campeón olímpico. La lucha obtendría premio con carácter póstumo, ya que la Federación Internacional de Atletismo comprendió que, para formar y mantener atletas de élite, se exigía una importante inversión económica. Prefontaine fue, por tanto, no sin trabajo y esfuerzo, uno de los culpables de que el atletismo se convirtiera en un deporte profesional.

Por otra parte, sus atributos como corredor se reflejaban fielmente en la que es, posiblemente, su frase más célebre: "Rendirse no es una opción". Con esa aparente sencillez, enfocaba Prefontaine las cosas. Aquella fue la filosofía que guió su efímera e intensa vida.
A nivel atlético, se trataba de un atleta correoso, de bajo centro de gravedad y técnica no excesivamente pulida, pero poseedor de una fiereza y un coraje extremos. La nula racionalidad en carrera, su gran debe. En contraprestación, fue metódico en sus entrenamientos, rayando niveles de irracional exigencia, presto de una descomunal motivación y determinación, y conocedor de que no hay más germen de base para alcanzar el éxito que el trabajo duro. Le encantaba no conocer sus límites, pero siempre que podía, intentaba traspasarlos. Por estas razones, se ganó a pulso la admiración y el reconocimiento del público, a través de su carisma, coraje y agresividad en la pista. Quería ganar. Pero no a cualquier precio. Quería ganar demostrando a todo el mundo que era el mejor. Para hacerse una idea del nivel de fama que adquirió en Estados Unidos, con 19 años (recién llegado a la Universidad de Oregón) se convirtió en portada de la prestigiosa revista 'Sports Illustrated'.
No concebía la competición sin que fuera él quien dominara las carreras. Imponía el ritmo al que quería correr, siempre en cabeza, y así se la jugaba. Ese inexistente pero fiel planteamiento, le costó la que fue la más amarga derrota de su exigua carrera: la final de los 5.000m de los Juegos Olímpicos de Munich.

Aquel 10 de septiembre de 1972, Prefontaine lideró, como tenía por costumbre, la mayor parte de la prueba. Pero aquella forma casi sobrehumana de correr, basada, según él, en que "todo es cuestión de agallas", le costó la victoria... y las medallas. Finalizaría en cuarto lugar, por detrás del finlandés Lasse Virén, del tunecino Mohammed Gammoudi, y del británico Ian Stewart, que lo sobrepasaría a escasos diez metros de la línea de meta. Ni qué decir que aquello supuso una tremenda decepción para él, aun sabiendo que no era el favorito, y que era el más joven participante en aquella final (nadie hasta aquel momento había conseguido ganar un 5.000m olímpico con menos de 25 años). En la última vuelta fue incapaz de aguantar el cambio de aquel esbelto, níveo finlandés, y en los últimos doscientos metros, se hundía, siendo sobrepasado también holgadamente por el africano, y finalmente por el británico. Aún así, Bowerman, su entrenador, diría que aquella había sido su mejor carrera, "una carrera extraordinaria".



Como curiosidad, sus otras grandes pasiones, que no dudó en disfrutar todo lo que pudo, fueron las mujeres, los coches y las fiestas. De ahí su apelativo: "James Dean of Track". Su rebeldía, inconformidad y carisma se ocuparon del resto. Varias ex-parejas del norteamericano revelaron su pasión extrema por la competición, circunstancia que le producía un súbito aumento del deseo sexual. Se cuenta que, durante la época universitaria, Prefontaine fue un joven de gran éxito entre el género femenino.
Con su entrenador, Bill Bowerman

Anecdotario aparte, para Prefontaine, la derrota en Múnich resultaba un doloroso punto de inflexión en su breve pero exitosa carrera. Se recluyó durante varios meses entrenando en Horsfall Beach, su rincón favorito, escudriñando la manera de que aquel fracaso no volviera siquiera a asomar, y sentando las bases para lo que tenía planeado que iba a ser el nuevo Steve Prefontaine. El norteamericano cambió su manera de enfocar las competiciones: se convirtió en un estudioso de sus rivales, un atleta infinitamente más cercano a la estrategia, un profesional muchísimo más cerebral. Precisamente, todo de lo que había adolecido para lograr ese tan ansiado éxito olímpico que fue incapaz de alcanzar. Todo ello, con la mente puesta en su reto más ambicioso: los Juegos Olímpicos de Montreal, en 1976.

Desgraciadamente, el destino, cuna del capricho irreverente, no iba a permitirle que lo pusiera en práctica. El 29 de mayo de 1975, Prefontaine ganaba en Eugene la que sería su última carrera. Esa misma noche, ya día treinta, tras una fiesta, dejó a su buen amigo, el campeón olímpico de maratón en Múnich, Frank Shorter, en su casa. Prefontaine perdía el control de su MGB naranja, estampándolo contra un muro, a la altura de Skyline Boulevard, volcando y quedando el fondista norteamericano atrapado bajo el vehículo. Un vecino se acercó, en el estruendo de la noche, a comprobar qué había ocurrido, y viendo que no conseguiría extraer por sus propios medios el cuerpo del atleta de aquel amasijo de hierros fue rápidamente a por ayuda. Cuando volvió, a los pocos minutos, Prefontaine ya había fallecido. Su tórax había sido aplastado por el peso del automóvil.
Casi cuarenta años después, continúan planeando numerosas incógnitas sobre el accidente que provocó su muerte. Nunca se concretó si había bebido alcohol o no (siempre se comentó que la autopsia había revelado que duplicó la tasa de alcoholemia permitida, aunque se sepa que aquella no fuera, ni con mucho, la mayor fiesta de un tipo que había sido protagonista de muchos excesos). Y tampoco se ha sabido a ciencia cierta si hubo otro u otros vehículos implicados.

Volviendo al terreno deportivo, entre sus numerosos logros, fue campeón nacional absoluto de 5.000m en 1971 y 1973, y consiguió siete títulos de campeón universitario: cuatro veces de 5.000m (1970, 1971, 1972 y 1973), y tres veces de campo a través (1970, 1971 y 1973).
Además, ganó la medalla de oro en el 5.000m de los Juegos Panamericanos de Cali (Colombia) en 1971.
Fue el protagonista de una hazaña aún recordada: batir todos los récords de Estados Unidos en las distancias que van desde el 2.000m al 10.000m, ostentando todas las plusmarcas al mismo tiempo, hecho histórico que nunca nadie consiguió antes... y que nadie ha vuelto a conseguir después. Esta circunstancia, unida a su precocidad y a lo nutrido de su palmarés en relación a su fugacidad, lo han elevado a la categoría de mito del atletismo estadounidense.
Su vehemencia, extremismo y valentía han servido de inspiración para toda una generación posterior. Prefontaine se convirtió en santo y seña de un proceder característico, y de una idiosincrasia, cuanto menos, peculiar. Tal es su fama y la admiración que despertó, que desde 1975 se celebra en Eugene, con periodicidad anual, la denominada Prefontaine Classic, reunión integrada hoy, como fecha de referencia, en la vorágine atlética de la IAAF Diamond League.
Como último apunte, un dato, clarificador de su extrema calidad, pese a los detractores de la avalancha alegórica que se ha suscitado, con el discurrir de los tiempos: en su corta vida, Prefontaine disputó 153 carreras. Ganó 120.







SUS MARCAS

1.500m 3:38,1 28/06/1973 · Helsinki (FIN)
Milla 3:54,6 20/06/1973 · Eugene, OR (USA)
Milla (i) 3:58,6 10/01/1975 · College Park, MD (USA)
2.000m 5:01,4 09/05/1975 · Coos Bay, OR (USA)
3.000m 7:42,6 02/07/1974 · Milán (ITA)
2 Millas 8:18.29 18/07/1974 · Estocolmo (SWE)
2 Millas (i) 8:20,4 17/02/1974 · San Diego, CA (USA)
5.000m 13:21.87 26/06/1974 · Helsinki (FIN)
10.000m 27:43,6 27/04/1974 · Eugene, OR (USA)

SUS CITAS MÁS CÉLEBRES:
  • "Mucha gente corre para ver quién es el más rápido. Yo corro para ver quién tiene más cojones".
  • "Rendirse no es una opción".
  • "Dar algo menos que lo mejor de ti es sacrificar el don que llevas dentro".
  • "Voy a trabajar para que el final sea una carrera de puro coraje, y si es así, yo soy el único que puede ganar".
  • "Alguien puede llegar a vencerme... pero tendrá que sangrar para conseguirlo".
  • "Salgo a correr, me pongo en cabeza desde la primera vuelta y gano" (sobre su valiente y, en ocasiones, suicida, forma de competir).
  • "Yo no salgo a la pista sólo a correr. Me gusta darle a los espectadores algo por lo que emocionarse".
  • "Nadie va a ganar una carrera de 5.000m después de correr dos millas fáciles. Al menos, no conmigo".


Un auténtico genio, tanto dentro como fuera de las pistas, al que su prematura y accidental muerte lo elevó al nivel de mito del atletismo. Complicado intuir lo que pudo haber conseguido. Quizá, estuviese destinado a ser uno de los mejores. Quizá, no.
Para el recuerdo, siempre permanecerá la más amarga de sus escasísimas derrotas, y posiblemente, una de las mejores carreras de la historia olímpica. "Una carrera extraordinaria", en palabras de Bowerman: los ya legendarios 5.000m de los Juegos Olímpicos de Múnich, en 1972. Prefontaine en estado puro. La leyenda del indomable.