31 de mayo de 2013

Recordamos... Gabrielle Andersen-Scheiss: coraje y determinación



Los Ángeles, 1984. Por vez primera se disputará el maratón femenino en unos Juegos Olímpicos. Cinco años antes, en 1979 en Tokio, se había disputado el primer maratón femenino homologado por la IAAF. Pese a ello, durante meses, varios grupos alzaron voces contrarias hacia la posibilidad de que las mujeres pudieran someter a su cuerpo a la exigencia de una prueba tan dura como los 42.195 metros. Como era de esperar, muchas asociaciones pusieron el grito en el cielo, arremetiendo frontalmente contra las críticas. El tiempo les ha dado la razón.

La prueba sería disputada por cincuenta mujeres. Dos favoritas, a priori: la noruega Grete Waitz, que a la postre finalizaría en segundo lugar, y la norteamericana Joan Benoit, que se adjucaría la victoria con gran autoridad, con un gran tiempo de 2h24:52.

Sin embargo, la historia late unos veinticuatro minutos más allá en el tiempo. Gabrielle Andersen-Scheiss, atleta suiza de 39 años, participaba en la que iba a ser su primera prueba olímpica. Con unos 30 grados de temperatura y unas terribles condiciones de humedad, totalmente agotada y al límite de sus fuerzas, Andersen conseguía llegar hasta el estadio olímpico. Lo que los asistentes pudieron contemplar durante los cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos siguientes quedará, sin albergar ningún género de dudas, grabado a fuego en sus memorias, en los anales de uno de los más titánicos esfuerzos realizados por un deportista en la era conocida por alcanzar un sueño, una meta.
Andersen, exhausta, deshidratada, al borde del colapso, sufriendo terribles calambres en su pierna izquierda y en buena parte de ese lado de su cuerpo, canalizaba sus últimas gotas de aliento para llegar a la meta. En buena lid la suiza conocía el hecho de que, de recibir asistencia, sería descalificada, con lo que su esfuerzo se centró, además de en continuar, en alertar a los médicos y asistentes de que no la ayudaran, ocurriese lo que ocurriese.

Lo que puede contemplarse en esos últimos cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos que tardó Gabrielle en sellar la vuelta a los últimos cuatrocientos metros de aquel primer maratón olímpico femenino es una de las mayores demostraciones de sufrimiento y de agonía que se hayan presenciado jamás en cualquier competición atlética. Complicado resulta no emocionarse, al igual que aquel público de Los Ángeles se emocionó hasta las lágrimas, recordando las imágenes de televisión:



La ovación al cruzar la meta, tal y como puede apreciarse en el vídeo, es atronadora. Aún mayor que la brindada a Joan Benoit como ganadora.
Además de conocer la historia como curiosidad, debe aclararse que el hecho creó un precedente. A partir de ese momento, se gesta la idea de la 'Ley Scheiss', mediante la cual no se sanciona a ningún participante en un maratón por el hecho de ser atendido por los servicios médicos durante la carrera, siempre y cuando no sea ni trasladado ni ayudado a desplazarse.
Al ser preguntada tras la carrera (se recuperó en apenas dos horas) por el por qué de su incalculable obstinación, Gabrielle respondió que era su última oportunidad, con 39 años, para estar en una de las hermosas citas olímpicas. Como fuese, tenía que llegar a la meta.

Una historia de fuerza, drama, coraje, sufrimiento y agonía. Una historia que ha marcado la historia de los Juegos Olímpicos, del atletismo, y del deporte en general, y que podría afirmarse que permanece como ejemplo de lo que debe entenderse como auténtico espíritu olímpico y, por ende, espíritu deportivo. Una verdadera historia de coraje y determinación.




20 de mayo de 2013

Recordamos... 1999: La Bella Sevilla

Hasta la primera década del siglo XXI, el dominio de los atletas del llamado 'Cuerno de África' en el largo aliento del atletismo no suponía la brecha con lo desconocido a la que hoy nos hemos acostumbrado. Si bien es cierto que el dominio es ejercido brillantemente en el mediofondo y fondo desde finales de la década de los años sesenta, la diferencia no resultaba en absoluto tan abismal como parece y realmente es ahora.
El primer precedente bien masificado de ese dominio puede encontrarse ya en la última década de siglo, con los Tergat, Gebrselassie, Bekele, Wanjiru, Makau, Kirui, Kipsang... Kenia y Etiopía. Etiopía y Kenia.

Año 1999. El Mundial de Sevilla, celebrado en el mes de agosto (agosto, Sevilla), cuyas pruebas en pista se celebraran en el hoy semi-abandonado Estadio de La Cartuja, evoca un sinfín de nombres que, recordados hoy, imponen respeto reverencial. Verdaderos gigantes de la historia atlética: el recordado Hicham El Guerrouj se hacía con la victoria en el 1.500m, el también marroquí Salah Hissou se imponía en el 5.000m, y el histórico Haile Gebrselassie se hacía con la prueba de 10.000m con gran autoridad. Otros nombres propios de aquel Mundial, los 'expresos' estadounidenses Maurice Greene (100m y 200m) y Michael Johnson (400m, con el estratosférico 43.18 que supuso la plusmarca mundial, aún vigente cuando se escriben estas líneas), el soberbio vallista británico Colin Jackson, o la elegancia personificada, Wilson Kipketer, en 800m. La época de las victorias de Marion Jones, Cathy Freeman, Svetlana Masterkova...

En maratón (se disputaba el 28 de agosto a las 18:30h, con la expectativa de un sofocante calor que, finalmente, no resultó excesivo), el dominio no era fácil de pronosticar. Khalid Khanouchi, que conseguiría el récord del mundo en Chicago dos meses después, no participaba. Tampoco Ronaldo Da Costa, que ostentaba la plusmarca planetaria en ese momento. Italia presentaba un equipo fuerte a nivel europeo. Y Japón comenzaba a consolidarse como una seria amenaza. El continente africano siempre presentaba la incógnita de saber qué nivel mostrarían sus atletas en este tipo de pruebas. Pero si había algún equipo que se presentara con verdaderas credenciales para optar a un gran resultado, especialmente si la carrera no era demasiado rápida, ese era el combinado español, donde destacaban con estrépito, especialmente, tres nombres: Abel Antón, Martín Fiz y Fabián Roncero.

Fiz encaraba Sevilla con la vitola de honor que le otorgaba el subcampeonato mundial que consiguiera dos años en Atenas, y el oro logrado en Gotemburgo en 1995. Batallador hasta insospechados límites, resultaba complicado no considerarlo rival a tener en cuenta en cada competición en ruta. Roncero, por su parte, presentaba un perfil extremadamente peculiar. La situación planteaba cierto optimismo sobre el estado de forma del de Canillejas, a pesar de los problemas que arrastraba en el nervio ciático. Rotterdam, ese mismo año, dio buena cuenta de ello. Sin embargo, por su carácter siempre anárquico, y su idiosincrasia tan característica, suponía siempre una verdadera incógnita. Antón, en tercer lugar, venía de proclamarse brillante vencedor en el London Marathon algo más de un año antes, con la que ha fuera, sin saberlo, su mejor marca personal de siempre: 2h07:57, en una auténtica exhibición final. Sin olvidar, por supuesto, su estatus de campeón mundial vigente, tras su magnífica victoria dos años antes en Atenas, por delante de Fiz. El soriano afrontaba con solidez el mejor momento de su trayectoria deportiva.

Antón, seguido de Sato y Thijs
El maratón se desarrolló de forma extraña para los intereses españoles y de los teóricos favoritos durante su primera parte. El japonés Nobuyuki Sato se destacó, imponiendo un fuerte ritmo que nadie quiso (o pudo) seguir. Al poco, Gert Thijs, de Sudáfrica, uno de los teóricos favoritos (ganador ese mismo año en Tokio), tomó el mando del segundo grupo, descolgando, entre otros, a Roncero, que con los problemas en el nervio ciático con los que afrontó la cita mundialista, no podía continuar. Fiz tampoco lograba soportar el envite, con lo que Antón se quedaba sólo, frente al propio Thijs, al italiano Vincenzo Modica, al portugués Luis Novo y al keniano Simon Biwott, con el japonés liderando. A falta de unos cuatro kilómetros de meta, con Sato medio minuto por delante, Antón cambia de ritmo, reventando a Biwott, y deshaciéndose de Modica en un despiste del italiano. Novo y Thijs ya habían cedido previamente. Antón, en un alarde de inteligencia, y aprovechando su extrema pericia en las partes finales de carrera, daba la sensación de disponer de una marcha más. Si Antón daba caza a Sato, resultaba muy probable que el nipón no pudiese ponerlo en dificultades. Fácil decirlo, complicado hacerlo. El soriano, experimentado en pista (13:15.17 en 5.000m y 27:51.37 en 10.000m) aún conservaba un poderoso final, pese a su veteranía, vestigios de una época de mediofondista ya lejana (3:37.5 en 1.500m). Sato, soportando el ritmo a duras penas, termina cediendo. El japonés arribaría a meta en tercer lugar, sobrepasado a la postre por el italiano Modica.

En una carrera durísima, el bravo vitoriano Martín Fiz, en un último tercio de carrera memorable, adelantaba cinco puestos en los últimos siete kilómetros para concluir finalmente octavo, rebasando a un destrozado Simon Biwott a falta de menos de doscientos metros para la llegada.
Abel Antón se convertía en doble campeón mundial, deteniendo el crono en 2h13:36. Y lo más destacable, lo más recordado, el verdadero golpe de efecto de aquella victoria, fue la suficiencia tan aplastante con la que Antón se coronaba en la parte final. Nadie había logrado, hasta aquel momento, proclamarse en dos ocasiones campeón del mundo de maratón. Curiosamente, tras Antón, lo volvieron a conseguir otros dos atletas en un corto intervalo: el marroquí Jaouad Gharib lo lograba en 2003 y 2005, y el keniano Abel Kirui, en 2009 y 2011.

Para el recuerdo, los últimos kilómetros de aquel inolvidable maratón. La estremecedora imagen de un estadio que estalla de emoción. La bella Sevilla: