15 de noviembre de 2013

La grandeza de un atleta


La grandeza de un atleta no se mide por sus victorias. No se mide por sus participaciones en las carreras más importantes del país, del continente, o del planeta. No se mide por haber sido séptimo en el Maratón Internacional de Berlín en 2011, con Makau por delante consiguiendo lo que en su momento fue la gloria. Ni se mide por conseguir resultados magníficos en todo tipo de pruebas, desde 10.000m hasta maratón, pasando por crosses y medias maratones. En Mundiales, en Campeonatos de España, en competiciones de su tierra, Galicia.

La grandeza de un atleta no se mide por ser capaz de correr un 
10.000m en 29:18, o una media maratón en 1h02:48, aun siendo marcas de élite.
La grandeza de un atleta no se puede medir por haber luchado contra viento y marea por hacer 
2h12:10 en un maratón. Viena fue refrendataria, en abril de 2009, de un crono que empieza a estar destinado solamente a los elegidos.

Maratón de Viena 2009, consiguiendo su

plusmarca personal: 2h12:10
Y la grandeza de un atleta no se mide por haber conseguido ganar una carrera tan histórica, tan prestigiosa, con tanta solera y tanto sabor añejo como la Behobia-San Sebastián, este pasado domingo. Ni por haber cruzado la meta de un recorrido durísimo en 1h04:30Los triunfos en carreras son sólo eso, triunfos. Hoy puedes ganar, y la alegría será inmensa. Pero mañana, quizá haya otro mejor que tú, y ya no seas capaz de hacerlo. Esos triunfos se perderán en el tiempo, 'como lágrimas en la lluvia'. Serán sólo eso, triunfos.









Mundiales de Berlín '09
La grandeza de un atleta se mide por el trato a las personas. Se mide por la humildad. Se mide por la capacidad de despertar la admiración y la ilusión en aquellas personas que, por esa precisa razón, lo siguen, se interesan, lo apoyan, y que, sin conocerlo personalmente, esperan y desean que todo le vaya bien. De alguna manera, por trascender su deporte.
La grandeza de un atleta se mide por la capacidad de sufrimiento, aplomo y superación, que lo conducen a terminar un maratón, llorando de rabia y de angustia durante más de treinta kilómetros, con dos fracturas óseas, (sacro y cresta ilíaca), sobrepasando con creces el umbral del dolor, desafiando los límites más extremos de la resistencia física y psicológica del ser humano. Berlín, la ciudad cosmopolita, el filo de la vanguardia, era testigo mudo y complaciente de aquella gesta medieval, un 22 de agosto de 2009. Una gesta que, sin embargo, le mantuvo en el abismo, en las profundidades del atletismo, más de dos años.
La grandeza de un atleta se mide al saber que aceptar ese dolor y ese calvario van a ser la piedra angular sobre la que se va a construir un nuevo comienzo, un nuevo proyecto, y te van a entregar, posiblemente, las lecciones más determinantes de tu vida.

La grandeza de un atleta se mide al comprobar que lo que dice, le sale del corazón. Se mide y se siente cuando se auto-define como "un albañil del asfalto", definición panegírica del asceta maratoniano. O cuando se considera "un atleta popular", a pesar de ser muchas veces, paradójicamente, y con gran honra (quizá más honra para los propios populares), el más veloz de los atletas populares. Se siente esa grandeza cuando, al llegar a la meta de la Behobia en primera posición tras una magnífica carrera, se detiene, aplaude al público, agradece su apoyo, y entra caminando, como ganador, con los ojos humedecidos y embargado por la emoción ante la enorme ovación de un público entregado. Y se siente todavía más esa grandeza cuando, tras enterarse de la noticia del fallecimiento de la corredora Arantza Ezquerro en esta Behobia en la que él triunfó, dejó de lado las celebraciones, tiñó su alma de luto y antes de volver a su Galicia natal, quiso estar con la familia de la desaparecida, regalándoles como recuerdo su trofeo de ganador. "Cambiaría mi txapela, mi triunfo, mi marca... por haber podido verla cruzar la meta".


"Antes que atleta soy persona", suele decir a menudo.

Y una gran persona. El homenaje no nos lo merecemos los que lo apoyamos. El homenaje se lo merece él.

Enhorabuena, y gracias, Pedro Nimo del Oro.






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